—¿A dónde te fuiste? ¡Desgraciado! ¿Piensas abandonarnos a mí y a tu hijo? —gritaba Cristina, tirada en el suelo, mientras le arrojaba el bolso con todas sus fuerzas.
Gregorio detuvo el bolso con la mano y la miró. De repente, su ceño fruncido se relajó.
Se agachó frente a ella con una expresión de profunda preocupación.
—Por Dios, mujer, ¿por qué crees que te estoy evitando? ¡Lo hago por ti!
—¡No me vengas con cuentos! —replicó Cristina, sin creerle—. ¡Solo quieres deshacerte de mí y de nuestro hijo!
—¡Mujer! —exclamó Gregorio, fingiendo una gran congoja—. Anoche viste los correos en el celular de Benicio, ¿y todavía no entiendes lo que pasa? ¡Voy a ir a la cárcel! ¿No es mejor para ustedes que me aleje? No quiero arrastrarte conmigo. Escúchame, deshazte del niño y búscate a un buen hombre con quien casarte. O si no, ve y pídele perdón a Benicio.
Cristina se quedó helada. Benicio tampoco la quería ya…
—¿De verdad vas a ir a la cárcel? ¿No hay otra solución? ¿Y todo tu dinero? —insistió.
—¡Tú solo piensas en el dinero! —la reprendió Gregorio—. Olvídalo. Todo mi dinero será congelado y confiscado. Además, iré a prisión. Ya no te sirve de nada estar conmigo.
Al oír que todo el dinero se había esfumado, Cristina palideció.
—¿En serio no hay otra salida?
—La hay… —dijo Gregorio, mirándola fijamente—. No es que no la haya.
—¿Q-qué? —Un brillo de esperanza apareció en los ojos de Cristina.
—Hacer que los que saben se callen la boca —dijo Gregorio con una mirada siniestra.
A Cristina le recorrió un escalofrío.
—Cris, solo puedo contar contigo. Benicio ya desconfía de mí, no hay forma de que me deje entrar a su oficina.
Cristina observó la mirada gélida de Gregorio y sintió un terror profundo…
...
Como todos los días, Elvira fue al supermercado a hacer las compras.
Sin embargo, justo después de elegir el pescado, se dio la vuelta y casi choca de frente con alguien.
Al ver a la persona que tenía delante, las verduras que llevaba en la mano cayeron al suelo.
Era Cristina, la amante de Benicio…
Cristina la miró con una sonrisa.
—¿Así que cambiaste a la niña de escuela?
El rostro de Elvira se tornó blanco como el papel.
—¿Creíste que por cambiarla de escuela no la encontraría? —dijo Cristina, con una risa de bruja.
—¿Qué… qué es lo que quieres? —preguntó Elvira con voz temblorosa.
Cristina se le acercó. Su perfume, intenso y abrumador, mareaba.
—Haz algo por mí. De lo contrario, no importa a dónde vaya tu hija, ¡siempre la encontraré!
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Elvira.
—¡¿Por qué no me dejas en paz?! ¡Yo solo soy una empleada…!
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Cómo se supone que voy a entrar a la casa de Gabriel Ruiz? —le respondió Cristina—. Si te crees tan listo, ¿por qué no lo hiciste tú?
—Tú… —Gregorio contuvo su ira. ¿Por qué no lo hizo él? Obviamente, para tener a alguien a quien culpar si las cosas salían mal.
Mientras discutían, sonó el teléfono de Gregorio.
—Jefe, ¡parece que ingresaron al hospital!
—¿Al hospital? —preguntó Cristina, poniéndose de pie de un salto.
—¡Vamos! ¡Hay que ir a ver!
Gregorio se disponía a ir al hospital, pero Cristina buscó en internet y encontró una noticia enterrada en las tendencias locales.
Era una captura de pantalla de una conversación de chat de alguien que decía ser camillero en un hospital y le contaba a un amigo sobre su día de trabajo. Decía que había sido agotador, que habían llegado cuatro personas envenenadas, todas de la misma familia, y que habían colapsado la sala de urgencias.
En la conversación, el amigo preguntaba cómo iba la reanimación.
La persona respondió: [Complicado. Están todos en terapia intensiva, inconscientes. Quién sabe si despertarán.]
—¿Cuatro personas? —murmuró Gregorio—. ¿Serán ellos?
—Si contamos a Benicio, son justo cuatro… —dijo Cristina.
—Aun así, tengo que ir al hospital a verlo con mis propios ojos para estar seguro —declaró Gregorio.
Sin embargo, antes de que pudiera salir, recibió una llamada de Ernesto, quien lloraba al otro lado de la línea.
—Gregorio, ¡pasó algo terrible! ¡Benicio está envenenado! Su familia… bueno, su exfamilia, incluyendo a la abuela, Estefanía y Gabriel, ¡todos están envenenados! ¡Dicen que están en el hospital! Se intoxicaron con alguna sustancia química, ¡me temo que no despertarán!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Baile de Despedida del Cisne Cojo
Es verdad sale muy caro liberar capitulos...
Muy bonita la novela me encanta pero pueden liberar mas capitulos yo compre capitulos pero liberar mas capitulos sale mas caro...
Muy bonita novela desde principio cada capítulo es un suspenso...