Asombro, arrepentimiento, culpa… y al escuchar la última frase, una sonrisa amarga.
—¿Cómo crees? Por más que yo…
—¡No hay nada que no fueras capaz de hacer! —lo interrumpió—. ¿Recuerdas la escena clásica de *Titanic*? ¿Esa donde él la abraza por detrás y vuelan en la proa del barco? Si hubiéramos sido tú y yo, yo ya estaría en el fondo del mar.
—Estefanía… yo no…
—¡Cállate! ¡No quiero oír ni una palabra más de tus tonterías! El pasado, pasado está. Lo único que tienes que hacer es largarte de mi vista.
Benicio bajó la cabeza y tardó un buen rato en levantarla. Le dedicó una leve sonrisa.
—De acuerdo, me alejo. ¿Te quedas aquí sola?
Estefanía no le hizo caso, simplemente se dio la vuelta.
Pasó al menos un minuto sin que se escuchara nada.
Al mirar hacia atrás, vio que él seguía en el mismo lugar.
—¿No te ibas? ¿Qué haces todavía aquí?
—Está bien, me voy. —Comenzó a moverse, pero se detuvo para decirle—: Estefanía, muévete un poco. Haz algo de ejercicio para que se te baje el alcohol, y si te mueves, se te quitará el frío.
Dicho esto, se fue trotando hacia el otro extremo del barco.
En ese momento, la navegación era bastante estable, por lo que pudo correr sin problemas.
Estefanía no iba a seguirlo. No estaba loca.
Lo que dijo Benicio sobre que el alcohol envalentona a los cobardes era cierto.
Cuando estaba borracha, solo quería dormir y se olvidaba del miedo. Ahora que Benicio se había ido y la había despertado, aunque seguía sintiéndose mareada, el sonido de las olas le devolvió el terror.
Esa era una canción que cualquier ciudadano del Estado Soberano de San Mateo podía tararear, ¿no? Era perfectamente normal que los marineros, lejos de casa, en tierras extrañas, tocaran esa melodía.
Y el hombre que tocaba la armónica entre los marineros, al ver la silueta danzante en la cubierta, sintió cómo sus recuerdos atravesaban la noche y volvían a esos soleados dieciséis años. La chica con un uniforme de tipo militar, el pelo en trenzas y polainas en las piernas, girando, haciendo piruetas y saltando en el salón de ensayos…
Y aquel chico frío y distante, que desde afuera había arrancado una hoja de un árbol y, siguiendo el ritmo de la música del salón, había soplado esa misma melodía.
Ella bailaba con toda su alma adentro, y él la acompañaba suavemente desde afuera…
Los aplausos y vítores rompieron su ensoñación y el sonido de la armónica. La chica en la cubierta dejó de bailar y su mirada cruzó entre la multitud hasta encontrarlo a él, con la armónica todavía en los labios. Sus ojos parecían decir: «Así que eras tú».
Sí… era él.
Desde los dieciséis años hasta ahora, siempre había sido él.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Baile de Despedida del Cisne Cojo
Es verdad sale muy caro liberar capitulos...
Muy bonita la novela me encanta pero pueden liberar mas capitulos yo compre capitulos pero liberar mas capitulos sale mas caro...
Muy bonita novela desde principio cada capítulo es un suspenso...