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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 472

Siempre había sido él y, sin embargo, la había perdido…

Algunos marineros tomaron fotos y videos, y se los enseñaron a Estefanía. Con mucho cuidado, le preguntaron si podían hacerlo, y que si no estaba de acuerdo, los borrarían de inmediato.

Estefanía se vio a sí misma en las pantallas de sus celulares.

En la profunda oscuridad de la noche en el mar, un haz de luz del barco iluminaba la cubierta, como si le hubieran puesto un reflector de escenario solo para ella. Bailaba bajo esa luz, y en el mundo solo existían el sonido del viento y la armónica.

Era bellísimo…

No es que ella bailara de forma espectacular, sino la atmósfera que se creaba en el video. Era uno de los escenarios más hermosos en los que había bailado.

—No los borren, al contrario, gracias por haberme grabado tan bonito —dijo Estefanía devolviéndoles el celular. Incluso le dieron ganas de pedirles que le pasaran el video, pero había perdido su propio celular.

—¡Oigan, qué tal si bailamos todos! —propuso el mismo hombre que le había servido el trago a Estefanía.

Sus compañeros se burlaron de él.

—¿Y tú qué sabes bailar?

—¡Claro que sé! De joven, en el barco me conocían como el rey de la salsa —dijo el hombre riendo.

—¡Pues demuéstralo!

En un momento, todos empezaron a animarlo.

El hombre no se hizo del rogar y le dijo a Benicio:

—¡Amigo, sóplale a esa armónica!

Hacía mucho que Benicio no tocaba la armónica. Ya no se acordaba de muchas canciones, solo de las más conocidas. Después de un momento de duda, empezó a tocar *Los Elefantes se Columpiaban*.

Con la alegre melodía, el hombre comenzó a bailar como un osito, balanceándose de un lado a otro. Estefanía soltó una carcajada y se unió a él, saltando y brincando.

—¡Vengan, vengan, todos somos unos osos negros! —invitó el hombre a sus compañeros, riendo.

Benicio pensó: «Un momento… yo no toqué esta canción con esa intención…».

Un poco avergonzado, dejó de tocar.

—¡Amigo, sigue tocando! ¿O es que tú también quieres bailar? —le gritó el hombre, que estaba en su mejor momento.

Benicio se apresuró a volver a tocar.

—Ya casi llegamos, ¿ya no tienes miedo, verdad?

Estefanía estaba un poco agitada por el baile, e incluso tenía una fina capa de sudor.

No quiso volver a contestar si tenía miedo o no. En su lugar, le preguntó:

—¿Y cómo vamos a regresar a Puerto Maristes?

—Podríamos pasar la noche aquí y…

—No. —La sola idea de pasar una noche con él, aunque fuera en habitaciones separadas, era absolutamente imposible—. ¿Sabes dónde están mi bolsa y mi celular?

Benicio negó ligeramente con la cabeza.

—Deben de estar en ese carro. Cuando regresemos, habrá que preguntarle a la policía si ya lo encontraron.

Estefanía pensó que, aunque no tuviera celular ni dinero, podía tomar un taxi de regreso y pagarle al llegar a casa.

—Si no quieres quedarte, podemos tomar un taxi de vuelta, solo que probablemente lleguemos a casa cuando ya esté amaneciendo.

***

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