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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 474

Desembarcaron y salieron del puerto.

En la sala de espera, Benicio Téllez había dejado una cobija recién comprada y un par de zapatos.

Sacó los zapatos y se los ofreció. Ella había andado descalza todo el tiempo, ¿cómo no iba a tener frío?

Estefanía no rechazó los zapatos. Aunque quería marcar una línea estricta con él, tampoco tenía sentido hacerse la mártir. Después le devolvería el dinero. En cuanto a la cobija, ¿para qué era?

No lo entendía, y tampoco quería entenderlo. Salió de la terminal sin más.

El carro lo había pedido Benicio.

—Sube —le dijo, abriéndole la puerta—. Duérmete un rato en el camino. Con este calor, seguro que ponen el aire acondicionado. Acabas de tomar y sudaste, tápate con la cobija para que no te vayas a resfriar.

Le entregó la cobija.

—Es nueva, la acaban de traer.

«¿Así que era para mí?».

—¿Y tú? —preguntó ella. Su tono implicaba que él no iba a volver.

Él sonrió un poco.

—Si no quieres viajar en el mismo carro que yo, pido otro.

«Qué necesidad…».

—Sube ya, siéntate adelante —dijo ella. Tampoco había por qué exagerar.

—De acuerdo. —Cerró la puerta de Estefanía y se sentó en el asiento del copiloto.

En efecto, en cuanto el carro arrancó, a Estefanía le empezó a ganar el sueño.

El aire acondicionado estaba puesto y la cobija delgada que Benicio había comprado era perfecta. No sentía ni frío ni calor, y se quedó dormida al instante.

Entre sueños, escuchó al conductor hablar con él.

—¿Pelearon?

Benicio no dijo nada, solo soltó una risa ligera.

—Uf, déjame te digo algo, joven. Hay parejas que se van de viaje y regresan divorciadas. —El conductor asumió que, al salir del puerto, venían de unas vacaciones.

—Ah, ¿sí? —Su risa fue evasiva, como si no supiera qué responder.

—En realidad es muy simple: piensa en lo que ella piensa, haz lo que ella quiere hacer y ya está. A ver, somos hombres, ¿cómo no vamos a saber contentar a nuestra esposa? No importa a dónde vayan de viaje, ni lo que hagan, lo importante es ir con ella, que los dos la pasen bien.

Benicio volvió a sonreír sin comprometerse.

—¿Qué? ¿No tengo razón? —El conductor recapacitó—. Disculpa, a lo mejor hablo de más. Es que de noche, al manejar, me gusta platicar para no quedarme dormido.

—No, no es eso —dijo Benicio—. Ella… no es mi esposa.

—¿Cuánto fue? —le preguntó Estefanía, con la voz clara en el viento de la mañana.

Él no pudo evitar sonreír.

—¿Qué? ¿A poco también vamos a dividir la cuenta del viaje?

—Por supuesto. —Estefanía asintió. Aunque la mayor parte de su dinero provenía de los bienes que compartieron en su matrimonio, las cosas como son—. ¿Tu número de cuenta es el mismo de antes?

—Sí.

—Luego te transfiero.

—Está bien. —No insistió más. Consultó la aplicación y le dijo cuánto había costado el viaje.

Estefanía lo vio sacar su celular y de pronto recordó otra cosa.

—Borra la ubicación de mi celular.

Él dudó un instante.

—¿Tiene caso? De todas formas ya se perdió.

—¿Y si lo recupero? Es más, con la ubicación no debería ser difícil encontrarlo, ¿no? —Frunció el ceño.

***

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