El tiempo de su estancia en el país era corto; planeaban irse de nuevo a principios de agosto. Parecía que la emoción del regreso apenas había comenzado y ya estaban pensando en cuándo se irían.
Sin embargo, antes de partir, Estefanía quedó con Delfina para ir a visitar de nuevo a la familia Caicedo.
Para su sorpresa, esta vez, al pararse frente a la pequeña casa de los Caicedo, el ambiente era completamente diferente al de la última vez.
No era que los dos ancianos ya lo hubieran superado, sino que la casa ahora tenía vida.
El patio estaba lleno de verde; tanto las flores como las hortalizas rebosaban de vitalidad.
Cuando los señores abrieron la puerta, un perrito salió corriendo y empezó a dar vueltas alrededor de los pies de Estefanía y Delfina.
—Luna, tranquila —dijo Sofía mientras levantaba al perrito. Con una expresión amable, les dijo—: ¿Las asustó? Esta cosita es demasiado juguetona.
—No, para nada —respondió Estefanía con una sonrisa—. ¡Qué perrito tan adorable! ¿Se llama Luna? Hola, Luna, mira, dame la patita.
Era un perro de raza pequeña, perfecto para personas mayores, fácil de cargar y sin riesgo de que se les escapara al pasearlo.
—Sí que es muy cariñosa —dijo Sofía—. Nos la compró Benicio, para que nos hiciera compañía a los dos viejos.
¡Otra vez Benicio!
¡Benicio por todas partes!
Aunque, la verdad, esto sí que lo había hecho bien.
Ese perrito seguramente le daría un poco de alegría a la vejez de los señores.
Los padres de Agustín las invitaron a pasar, les sirvieron agua fresca, les cortaron fruta; no paraban de moverse.
—Señor, señora, no se molesten, siéntense a descansar —dijeron tanto Estefanía como Delfina.
Sofía sonrió.
—Si nos pasamos todo el día descansando, ¡estar ocupados es mejor!
Miró a su alrededor. La sensación de vacío y desolación había desaparecido. Había flores frescas en un jarrón sobre la mesa y en una pared habían creado un collage de fotos de Agustín, desde que era un bebé, pasando por su niñez, hasta que se convirtió en un joven adulto.
Las fue mirando una por una, y el rostro borroso que tenía en su memoria, como visto a través de un cristal empañado, comenzó a aclararse. Con él, volvieron los recuerdos de la adolescencia, las risas y locuras de una juventud compartida.
Y pensar que una persona así ya no estaba…
Sofía las invitó a quedarse a comer. ¿Cómo iban a dejar que los dos mayores se afanaran solos en la cocina?
Estefanía y Delfina también entraron a ayudar. Aunque no eran expertas cocineras, podían echar una mano con las tareas sencillas.
Apenas habían comenzado, cuando la voz de Benicio resonó desde la entrada:
—Papá Teodoro, mamá Sofía, ¿me guardaron comida?
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Baile de Despedida del Cisne Cojo
Es verdad sale muy caro liberar capitulos...
Muy bonita la novela me encanta pero pueden liberar mas capitulos yo compre capitulos pero liberar mas capitulos sale mas caro...
Muy bonita novela desde principio cada capítulo es un suspenso...