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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 501

Los cuatro hombres se rieron con malicia y le dijeron que no se metiera en lo que no le importaba, que su complexión no aguantaría una paliza.

Benicio era alto, pero delgado, sobre todo después de haber perdido tanto peso en el último año. Si se llegaba a los golpes, no sería rival para ellos.

Mientras los contenía, le dijo a Estefanía:

—En cuanto veas una oportunidad, corre, ¿me oyes? ¡Corre!

Cuando Estefanía logró levantarse, todo su cuerpo temblaba.

Se escondió detrás de Benicio, dispuesta a seguir su consejo y escapar en cuanto pudiera. Quedarse ahí no solo no ayudaría, sino que sería una carga. Si lograba salir, ya fuera para llamar a Kino o a la policía, ambos tendrían una oportunidad.

Sin embargo, eran cuatro contra ellos. No iba a ser tan fácil escapar.

Cada vez que Estefanía encontraba un hueco por el que intentaba colarse, alguien la bloqueaba de inmediato.

Finalmente, los cuatro se abalanzaron sobre ellos al mismo tiempo. Uno desvió la silla que Benicio usaba como arma, mientras los otros dos sujetaban a Benicio y el último iba tras Estefanía.

Cuatro contra dos. La situación era prácticamente una sentencia.

De repente, Benicio se giró y abrazó a Estefanía con fuerza, cubriéndola por completo con su propio cuerpo.

Todos los puñetazos y patadas que llovieron después cayeron sobre él.

—Benicio, tú… —Estefanía no sabía qué decir.

—Tranquila, no me van a matar. ¡Aguanta un poco, ya casi llegan! —decía Benicio mientras la protegía, intentando moverse poco a poco hacia la salida del salón.

Estefanía sintió algo caliente goteando en su cuello.

Al principio no supo qué era, pero cuando una gota cayó en su brazo, se dio cuenta. Era sangre…

—Benicio… —¿De dónde estaba sangrando?

—Estoy bien, no te preocupes… —dijo, justo antes de que otra gota de sangre cayera.

—¡Ah! —En ese momento, se escuchó un grito de dolor.

Estefanía reconoció la voz de uno de los borrachos.

Benicio, evidentemente, también lo escuchó. Abrazando a Estefanía, se giró para mirar y vio que Kino y los demás habían llegado.

—Llegaron, por fin llegaron. No tengas miedo —dijo Benicio, llevándola rápidamente a un rincón seguro.

Kino y su equipo eran guardaespaldas profesionales. Encargarse de esos tipos fue pan comido.

En cuestión de minutos los sometieron y llamaron a la policía.

Solo entonces Benicio soltó a Estefanía, aliviado.

Estefanía lo miró. Ambos llevaban camisetas negras, por lo que era imposible saber cuánta sangre se había derramado en su ropa, pero su nariz seguía sangrando.

Extendió la mano y la colocó bajo su barbilla.

La sangre goteaba en la palma de su mano.

Benicio giró la cabeza, avergonzado.

—No es nada, solo me sangra la nariz. Ahorita me pongo un poco de algodón y ya. Kino, ¿tienes algodón o pañuelos en el carro? Pásame unos para taparme.

Kino lo miró con una expresión indescifrable.

—Sí, tengo.

—Pues vámonos al carro —se apresuró a decir Benicio.

—No estaba tranquilo. Te lo dije, ¿no? Lo de Cristina Luján en Europa fue culpa mía, y temía que pudiera afectarte. Estos días que Noel no ha venido por ti, pues yo…

Así que, mientras ella ensayaba por las noches, él rondaba por la universidad.

Y resultó que sus temores eran fundados.

«Debió asustarse mucho», pensó él. La sangre le había manchado todo el cuello, y ahora veía que todavía tenía una pequeña mancha seca junto a la oreja.

Extendió la mano para limpiársela, pero no pudo quitarla.

—Ya se secó. Cuando llegues a casa, lávate bien y duérmete. Dile a Kino que se quede contigo esta noche.

Estefanía frunció el ceño y lo miró sin decir nada.

Él sonrió.

—No te preocupes por mí. Considéralo parte de lo que te debo. Estefanía, tienes que saber que mi deuda contigo es tan grande que nunca podré pagarla, no importa lo que haga. Esto no es nada.

—No estoy preocupada por ti —dijo Estefanía, dándose la vuelta para entrar a su casa—. Y deja de sonreír, te ves horrible.

La sonrisa en el rostro hinchado de Benicio se desvaneció.

Kino le entregó las llaves del carro a otro guardaespaldas para que llevara a Benicio a su casa.

—Recuerda venir a recoger a la señorita mañana temprano. Su vuelo sale a las nueve.

Después de dar las instrucciones, Kino acompañó a Estefanía a la casa.

Benicio ni siquiera esperó a que entraran. Se subió rápidamente al carro y, una vez adentro, no pudo aguantar más. Agarró un paquete de pañuelos de los que Kino le había dado, se cubrió la boca y escupió una gran bocanada de sangre que manchó el papel blanco.

***

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