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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 512

Ya no la llamaba Fani, ni «mi amor». Junto con esos apodos, desapareció también su máscara de hombre tierno y tímido, revelando una esencia posesiva y obsesiva.

Estefanía lo miró, horrorizada, completamente paralizada. No pudo encontrar palabras para responder.

Kino la hizo entrar a la casa y se quedó vigilando la puerta, mirando a Noel con hostilidad.

Noel pisoteó todas las rosas y las luces del suelo con furia, hasta que las flores quedaron destrozadas y ninguna lámpara volvió a encenderse. Luego, regresó a su casa, lleno de resentimiento.

Sonia, que había presenciado todo desde su casa, lo miró con desconcierto.

—Hermano, ¡das miedo!

Noel vio a su hermana y, de repente, dijo:

—Sonia, hazme un favor.

***

Al día siguiente, Estefanía fue a la clínica como de costumbre para su acupuntura y rehabilitación.

Pero al ver al doctor Álvarez, las palabras de Noel resonaron en su cabeza: «Yo encontré al doctor, yo te acompañé en tu rehabilitación, yo modifiqué tu plan de recuperación una y otra vez. Para que pudieras volver a brillar bajo los reflectores, yo di tanto por ti…».

Y entonces, mientras hacía sus ejercicios, se cayó de uno de los aparatos…

En ese momento, las imágenes de Noel acompañándola en su rehabilitación pasaban una y otra vez por su mente, junto con su frase: «Yo di tanto por ti…».

No pudo ir al ensayo de la tarde. Estaba herida. Kino la llevó al hospital.

Radiografías, consulta.

No había fractura, pero tendría que evitar cualquier actividad intensa durante al menos una semana. Le recomendaron reposo en casa.

Estefanía no tuvo más remedio que avisar en el grupo de la compañía que estaría en cama.

Sostenía un ramo de lirios y le sonreía de forma inquietante.

—Ah, mi amor, me equivoqué de flores ayer. Para pedir perdón se regalan lirios. Lo siento, mi amor. Te pido perdón de todo corazón, ¿me perdonas?

Estefanía recordó de golpe que Noel tenía una copia de la llave de su casa. Se había escondido adentro mientras ella no estaba…

—Ki… —aterrorizada, intentó gritar el nombre de Kino.

Pero no pudo. Le tapó la boca con la mano.

El intenso aroma de los lirios la asfixiaba. Él se abalanzó sobre ella, presionándola contra la cama, y le susurró al oído:

—Mi amor, nosotros somos los más cercanos, ¿para qué llamas a Kino? ¿Para que me pegue? ¿Cómo podrías ser tan cruel?

***

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