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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 568

Estefanía y Ana esperaron fuera de la sala de operaciones durante lo que pareció una eternidad.

Ya había anochecido cuando, uno a uno, empezaron a salir.

El primero fue Aarón, el guardaespaldas que había recibido el disparo. La herida estaba en su hombro. Al salir, llevaba un vendaje, pero estaba completamente consciente. Aparte de la palidez de su rostro, parecía estar de buen humor. Le dijo a Gilberto que se encontraba bien y lo trasladaron a una habitación.

Luego salió el otro guardaespaldas, el que había sido atropellado. Tenía una pierna fracturada. Cuando lo sacaron, llevaba un yeso, pero al menos su vida no corría peligro.

Al ver la pierna enyesada, un recuerdo lejano y doloroso resurgió en la mente de Estefanía, como una ola gigante que la revolvía por dentro.

Se aferró a la ropa de Gilberto.

—Hermano, ¿quedará cojo?

Los guardaespaldas no eran máquinas, eran personas que hacían un trabajo peligroso. La idea de que uno de ellos quedara discapacitado… Quizás porque ella misma había pasado por algo similar, la imagen del yeso la angustiaba profundamente.

Gilberto le dio una palmada tranquilizadora en la mano y fue a hablar con el médico. Al regresar, le dijo:

—El doctor dice que, en teoría, no. No te preocupes.

Estefanía asintió.

Sin embargo, nunca imaginó que Benicio sería el más grave de todos.

—Por lo que se vio, el carro no solo no frenó después de golpear al primer hombre, sino que aceleró. Benicio recibió la mayor parte del impacto, rebotó contra una columna y cayó al suelo. Y cuando el carro pasó, todavía lo arrolló una vez más.

Estefanía cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza, tratando de borrar esas imágenes de su mente. No podía ni imaginar en qué estado saldría Benicio de ahí.

Ana seguía ausente, pero las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Negó con la cabeza suavemente, con la voz quebrada.

—No se va a curar… no se va a curar…

—¡No digas eso! ¡No! —escucharla hablar así le partía el alma. La abrazó con más fuerza—. Aunque esté en cuidados intensivos, todavía hay esperanza, ¡tiene que haberla! Créeme. Mírame a mí, yo también estuve coja, ¿y no estoy bien ahora? Puedo correr, saltar y hasta bailar…

Mientras hablaba, Estefanía también se echó a llorar. La emoción contenida, en el abrazo con Ana, encontró una grieta por donde salir y se desbordó por completo.

Esta vez, lo de Benicio era mucho, mucho más grave que lo que le había pasado a ella.

«Dios mío», pensó, «aunque he maldecido a Benicio mil veces, nunca he deseado su muerte, nunca he querido que pasara por lo mismo que yo…»

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