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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 569

Como Benicio estaba en la unidad de cuidados intensivos, no podían verlo.

Después de mucho insistir, Gilberto convenció a Ana y a Estefanía de que se fueran a casa.

Estefanía estaba realmente preocupada por Ana.

Durante todo el trayecto, Ana permaneció en un estado de aturdimiento, como si no hubiera asimilado del todo la situación de Benicio.

Todas las palabras que Estefanía quería decir —disculpas, promesas, garantías…— se le quedaban atascadas en la garganta.

Al salir del edificio del hospital, Ana comenzó a caminar hacia la salida, olvidándose incluso de que iban a llevarla en su carro.

—Ana… —la llamó Estefanía.

Ana se giró, con la mirada perdida.

—Ana —verla así casi hizo llorar a Estefanía de nuevo—. ¿Por qué no vienes a mi casa y te quedas un tiempo?

Le preocupaba que Ana, sola, no pudiera soportar un golpe como ese.

Pero Ana sonrió levemente y negó con la cabeza.

«¿Cómo puede sonreír en un momento así?», pensó Estefanía, sintiendo el corazón estrujado como un limón.

—Ana —insistió Estefanía, con la voz quebrada—. Ven con nosotros, nos haremos compañía. Si necesitas ayuda con algo, podemos apoyarte.

Ana volvió a negar.

—No, gracias. Prefiero volver a mi casa.

Como insistía en irse, Estefanía la tomó del brazo.

—Entonces te llevamos.

Ana volvió a negarse.

—Tomaré el metro.

Dicho esto, se dio la vuelta y se fue.

—¡Ana! —Estefanía corrió tras ella y la detuvo de nuevo—. Ana, ¿me odias?

Benicio se había herido por salvarla a ella, su exesposa. ¿Sería eso un golpe doble para Ana? Aunque no había sido su intención, esa era la realidad.

Pero Ana esbozó una sonrisa tenue, negó con la cabeza e incluso le arregló un mechón de pelo rebelde.

—¿Cómo crees? Eres un encanto y bailas increíble. No tenemos ningún motivo para odiarnos.

«No lo entienden. Ella es mi responsabilidad. Y cargaré con esa responsabilidad toda mi vida».

Los recuerdos volvieron a ella con una claridad dolorosa.

Las palabras que él había dicho resonaban todavía en sus oídos.

Entonces, ¿era así como finalmente quedaban en paz? ¿Sin deberse absolutamente nada?

—Estefanía, no hace falta que me lleven. Sé volver a casa. Además, tengo que comprar algunas cosas. Adiós.

Ana se despidió con la mano y se fue corriendo.

Se veía triste, pero al mismo tiempo, no del todo.

Estefanía ya no sabía qué pensar de ella.

—Enviaré a alguien para que la siga y la proteja. Vámonos —dijo Gilberto, acercándose para tomarle la mano.

Estefanía lo miró con los ojos empañados y, con la voz entrecortada, le preguntó:

—Hermano, la gente habla del karma, de que todo en esta vida se paga. ¿Es esto? ¿Así es como funciona?

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