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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 582

Se suele decir que en el mundo nadie puede sentir realmente lo que siente el otro.

Pero sí es posible.

¿Cómo no iba a serlo?

En ese momento, Estefanía entendía perfectamente cómo se sentía él.

Hacía siete años, ella había hecho lo mismo: siempre con un «no duele, estoy bien, me recuperaré, no te preocupes» en los labios. Pero, ¿cómo no iba a doler de verdad? ¿Cómo no iba a estar preocupada?

Él, sin embargo, miraba a la abuela y a ella con ojos suplicantes. —Abuela, Fani, se los pido, por favor, no vengan más, ¿sí? No quiero que me vean así, tan indefenso y demacrado. Cuando me recupere, les prometo que apareceré ante ustedes hecho un galán, ¿de acuerdo?

La abuela suspiró y asintió. —De acuerdo.

—¿Fani? —la miró él.

Estefanía contuvo el aliento para reprimir el nudo en la garganta y asintió.

—Entonces, prométeme que nos avisarás cuando te den el alta. La abuela vendrá a buscarte para llevarte a comer algo rico —dijo la abuela con seriedad.

Benicio asintió. —Claro que sí, se los prometo.

Desde ese día, ni Estefanía ni la abuela volvieron a visitarlo al hospital.

Unas semanas después, Aarón y el otro guardaespaldas fueron dados de alta.

De él, no había noticias.

El tiempo pasó y llegó el Carnaval.

Por la noche, mientras comían buñuelos, la abuela comentó con nostalgia: —Se supone que hoy se comen buñuelos, pero él todavía no está bien, le caerían pesados.

—No te preocupes, abuela. He dispuesto que alguien lo cuide, le han llevado comida y un regalo —dijo Gilberto.

La abuela asintió.

Esa noche, Estefanía volvió a soñar.

Últimamente, soñaba con frecuencia con la preparatoria. En sus sueños, personas y eventos que creía olvidados reaparecían con una claridad asombrosa, como si los estuviera viviendo de nuevo.

Cada vez que despertaba, se sentía desorientada en el tiempo.

Pasaron otros diez días. Las clases estaban por comenzar y el grupo de danza reanudaría los ensayos. Su vida volvería a ser ajetreada.

La puerta del patio estaba cerrada con llave, pero no le importó. Trepó la reja, tocó el timbre con insistencia y golpeó la puerta, pero nadie respondió.

El ruido alertó a un vecino, que salió a ver qué pasaba. —¿Buscas a Benicio? —le preguntó.

—Sí, ¿sabe si ha vuelto? —preguntó Estefanía, acercándose rápidamente.

El vecino negó con la cabeza. —No, hace muchos días que no viene por aquí. ¿Quizás veinte o treinta días? ¿Un mes? No recuerdo exactamente.

Estefanía sintió una desesperación absoluta.

Veinte o treinta días…

Justo el tiempo que había estado hospitalizado.

Eso significaba que, después de salir del hospital, no había vuelto a casa.

Había desaparecido.

—Gracias —dijo ella, con la voz vacía, apoyándose en la reja del patio, completamente sin fuerzas.

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