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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 596

—Menos mal que traes buenas bases; si le echas ganas, la armas...

Mientras platicaban, llegaron frente al tablero de avisos.

El lugar ya estaba atascado de alumnos. Todos cotorreaban sobre en qué salón les había tocado; de vez en cuando, se escuchaban gritos de emoción cuando los amigos descubrían que seguían juntos.

Estefanía ni siquiera volteó a ver la lista de Ciencias; se fue directo a la de Humanidades.

—Es por acá, ¿a dónde vas?... —Benicio no terminó la frase; de repente captó lo que pasaba y se fue tras ella.

Y ahí, en la lista del Grupo 1 de Humanidades, vio el nombre de Estefanía.

—¿Me mentiste?

Estefanía sintió que la voz a sus espaldas le helaba la sangre, a pesar del calor del verano.

Después, se hizo un silencio total.

Cuando Estefanía volteó, él ya no estaba. En su lugar, Agustín se acercó soltando una carcajada:

—¡Estefanía! ¡De verdad quedamos en el mismo salón!

Así era: el nombre de Agustín también aparecía en el Grupo 1 de Humanidades.

—¡Hoy te invito a comer! ¡Hay que celebrar! —dijo Agustín, entusiasmado.

Estefanía no aceptó.

Agustín siempre decía que le debía una comida, pero no era para tanto; solo era poner un plato más en la mesa.

Además, le habían llamado de su casa.

Sus papás querían que fuera a cenar a un restaurante para celebrar su elección de especialidad y para que le sirviera de ejemplo a su hermano, a ver si se le pegaba algo.

Estefanía no fue.

Porque sabía perfectamente para qué la querían sus papás.

Eso mismo ya había ocurrido una vez en esta época.

En toda su vida, sus papás casi nunca se habían preocupado por ella; si la buscaban, seguro no era para nada bueno.

Colgó el teléfono, terminó sus trámites en la escuela y se fue a su casa.

Estefanía se puso frente a la abuela para protegerla y soltó una risa fría.

—Me dijo «bastarda». Pues quién sabe de qué mezcla salí entonces.

—¡Tú...! —Marcelo azotó el tenedor contra la mesa—. ¡Ya te pasaste de la raya!

La Estefanía adolescente siempre le había tenido pavor a su papá, pero la de ahora ya no le tenía miedo. ¿Quería golpearla? ¡Pues ella se defendería! ¿Y si no podía con él? ¡Le aventaría una silla o los platos! Y si eso no bastaba, ¡en la cocina había cuchillos!

No creía que él fuera el único capaz de ponerse loco.

Pero, esta vez, Marcelo se contuvo.

Su esposa lo jaloneó para que se sentara, y él obedeció con la cara desencajada del coraje.

La mamá de Estefanía le sonrió y le dijo:

—Ay, Fani, ¿por qué dices esas cosas de ti misma?

—¿Y yo cuándo hablé de mí? El insulto de «bastarda» no me ofende a mí; más bien me da curiosidad saber de dónde salió esa cruza.

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