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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 597

Se notaba a leguas que su padre estaba a punto de explotar del coraje, pero el hecho de que se estuviera aguantando indicaba que no solo venía a pedir algo, sino que el favor era grande.

Su madre, Olivia, continuó haciendo de mediadora:

—Fani, hija, tu papá no quiso insultarte; se le fue la boca.

—¿Se le salió insultar así a su propia hija? ¿Esa es la actitud de un padre? —La abuela protegió a Estefanía Navas con seriedad, abrazándola—. Váyanse, aquí no hice comida para ustedes. Vayan a comer a su casa.

—¡Mamá! —se apresuró a decir Olivia—. No, no, no venimos a regañar a Fani, venimos a buscarla porque le tenemos una noticia buenísima.

La abuela no creía ni por un segundo que esos dos trajeran algo bueno para Estefanía, así que señaló la puerta con firmeza, corriéndolos.

—Mamá, van a venir unos invitados importantes al rato, ¿para qué me corres? —dijo Marcelo Navas, perdiendo la paciencia—. ¿Crees que me gusta venir a este pueblo bicicletero? Si venimos es porque esta… esta mocosa malagradecida no quiere ir a la cena, y eso que organizaron un banquete enorme para ella.

Estuvo a punto de llamarla «pequeña bastarda», pero se acordó de que eso sería insultarse a sí mismo, así que se corrigió, aunque lo que dijo tampoco fue muy amable.

—¿Tus invitados importantes? —La abuela soltó una risa fría y apretó más a Estefanía contra su pecho—. Seguro no son buena gente, mejor lárguense, aquí no tengo con qué atenderlos.

Marcelo aventó un tenedor al suelo.

—¡Por las buenas no entiendes! ¡Piensa quién te va a mantener cuando estés vieja! ¡Déjate una salida!

—Tú… —La abuela nunca esperó que él la cuidara, pero que lo dijera tan descaradamente le dolió en el alma—. ¡Malnacido sin corazón!

Estefanía, por supuesto, sabía que Marcelo no cuidaría de la abuela. ¡Sabía perfectamente que ese animal terminaría haciendo que la vida de la abuela fuera un infierno!

Al recordar la imagen de su abuela agonizando entre la suciedad, sintió una puntada en el corazón, como si se lo hubieran atravesado con agujas.

—¡La abuela no necesita que tú la mantengas! —dijo con calma. Luego llevó a la abuela a su cuarto, la empujó suavemente hacia adentro, cerró la puerta con llave y se dirigió a la cocina con la misma tranquilidad.

Marcelo pensó que ella había cedido y que había encerrado a la «vieja» para que no estorbara. Supuso que iba a la cocina a servirles la comida.

¡La invitación al restaurante esta noche era para cerrar el trato!

En aquel entonces, ella fue. Le doraron la píldora diciendo que primero serían amigos, que cultivarían la relación, que ella iría a la universidad y que incluso le ayudaría al oxigenado a estudiar y a ponerse al corriente.

¡Ja! ¡El oxigenado del contratista era un drogadicto!

En ese momento, mirando a Marcelo que le daba órdenes con prepotencia, sus ojos brillaron con una luz extraña.

—¿Quieres un guisado de carne? ¡Va, aquí tienes tu carne!

En cuanto terminó de hablar, sacó la mano que tenía en la espalda y le lanzó un hachazo con el cuchillo de cocina.

Marcelo jamás imaginó algo así. Cuando reaccionó, el brillo del filo ya estaba frente a sus ojos. Se le aflojaron las piernas, la silla se volcó y cayó de sentón al suelo.

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