Iván estaba explicándole con lujo de detalle a sus compañeros lo deliciosas que eran esas cosas, pero no recibió ni el más mínimo apoyo. Delfina ya se había alejado de él con cara de asco.
Estefanía miró a Agustín, que estaba a su lado, y bromeó:
—¿Eso no te gusta?
Agustín negó con la cabeza frenéticamente.
—¡Imposible! ¡Jamás comería esa cosa!
Bueno...
¿Acaso las larvas, los gusanos de maguey y los chapulines tienen alguna diferencia esencial?
Cuando Benicio llegó, ya no había lugar junto a Estefanía; de un lado estaba Agustín y del otro Delfina, así que se sentó frente a ella.
Todos estaban asando algo; Estefanía tenía unas brochetas de cebollitas en la mano.
Después de sentarse, Benicio tomó un buen puñado de brochetas de res y se puso a asar con los demás.
—Jefe, ¿sí sabes hacer eso? —Iván sentía que su líder no era de este mundo y que algo tan lleno de humo y grasa no iba con él.
Benicio lo ignoró. Simplemente esparció un puñado de comino sobre la carne y el aroma se intensificó de golpe.
Al ver cómo Benicio volteaba la carne, Iván asintió.
—Órale, parece que sí le sabes.
—Ni comiendo se te cierra la boca —le dijo Benicio. ¿Acaso no podía aprender viendo? Además, había trabajado en un restaurante; ¿Iván no lo sabía?
Parece que Iván acababa de recordar ese detalle y cerró la boca. A su jefe no le gustaba que supieran de su historial laboral. No solo Benicio, ni él mismo podía aceptar que alguien tan altivo y distante como su líder tuviera que trabajar para vivir a tan corta edad; de no ser así, no habría soltado esa pregunta imprudente.
Por suerte, el ambiente general era alegre y pronto, entre el humo y el fuego, volvieron las risas y las pláticas.
Estefanía estaba comiendo cebollitas. Al ver esos dedos pálidos manchados de chile en polvo y comino, aunque ya había pasado media vida con él en otro tiempo, le pareció algo fuera de lugar.
Esas manos eran para teclear en una computadora, para hojear contratos, para firmar.
La firma enérgica de «Benicio» saliendo de esas manos parecía tener la elegancia de una montaña nevada, no... olor a comino y chile.
Sí, ella sabía que él cocinaba.
Le había cocinado a Cristina, y luego a Ana.
Pero ella nunca lo había visto con las manos llenas de grasa y olor a ajo. Incluso cuando cocinaba, su porte era el de un chef Michelin, no esto...
—Tómalas, son de res —dijo él.
No supo por qué, pero el patio trasero, que hace un momento era un escándalo, de repente se quedó en silencio. Todos los miraban a él y a ella; en el aire solo quedaba el sonido de la grasa goteando en las brasas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Baile de Despedida del Cisne Cojo
Es verdad sale muy caro liberar capitulos...
Muy bonita la novela me encanta pero pueden liberar mas capitulos yo compre capitulos pero liberar mas capitulos sale mas caro...
Muy bonita novela desde principio cada capítulo es un suspenso...