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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 627

Como la abuela de Benicio acababa de salir del hospital, Iván, como el organizador principal de la fiesta, no planeó nada ruidoso dentro de la casa. En su lugar, armaron una carne asada en el patio de la familia Téllez.

En ese momento, el asador ya estaba puesto en el patio. El olor del carbón quemándose empezaba a flotar en el aire, solo esperando a que empezaran a asar.

Antes de eso, Iván sugirió soplar las velas primero.

Así que abrieron el pastel que compraron entre todos.

Era un pastel de frutas de pastelería, muy bonito y con pinta de estar delicioso. Cuando terminaron de cantar las mañanitas y apuraron a Benicio para pedir un deseo, él le echó una mirada a Estefanía.

En ese instante, Estefanía estaba parada entre Delfina y Agustín, sonriendo, sin nada más en la mente.

—Pide un deseo, Benicio —le dijo Delfina.

—Sí. —Benicio cerró los ojos, murmuró algo en su mente y, luego, los abrió y sopló las velas.

Entre los aplausos, Iván preguntó:

—Beni, ¿qué pediste?

Benicio partía el pastel en silencio, sin responder.

—¡Ay, qué pregunta! ¡Seguro pidió salud para su abuela! —Delfina fulminó a Iván con la mirada—. Además, ¿para qué preguntas? ¿No sabes que si dices el deseo no se cumple?

—¿Qué? —Iván abrió los ojos como platos—. Si no se puede decir, ¿entonces cómo van a escucharlo los demás? ¿Cómo me van a ayudar a cumplirlo?

Delfina: «¿¿?? ¿Los demás?».

Todos: «¿¿??».

Iván parpadeó con seriedad.

—Por ejemplo, si yo deseo una computadora nueva y no lo digo, ¿cómo se van a enterar mis papás o mis abuelos?

Como resultado, Iván se ganó un zape de todos.

Por un momento, el ambiente en la casa fue muy alegre. Solo Estefanía y Benicio miraban el alboroto con una sonrisa tenue.

Estefanía, porque había vivido una vida llena de altibajos; ¿y Benicio, por qué?

—Ya, ya, ya, no hagan ruido, no despierten a la abuela. ¡Vamos a asar carne afuera! —Iván salió corriendo cubriéndose la cabeza.

Los demás lo siguieron.

Entonces, Agustín sacó una caja de regalo de su mochila y la deslizó por la mesa hacia él.

—Para ti. Feliz cumpleaños.

Era una caja pequeña.

Benicio se sorprendió.

—No participé en la coperacha del pastel —dijo Agustín sonriendo—. Feliz cumpleaños.

En realidad, había un regalo especial.

Benicio también sonrió.

—Gracias.

Con la relación que tenían, ¿qué necesidad había de entrar a una coperacha? ¿O de dar regalo?

—Voy saliendo. —Agustín se dio la vuelta y se unió a los demás en el patio.

Cuando Benicio salió con el pastel rebanado, el bromista de Iván estaba asando unas brochetas de larvas e insectos que había conseguido quién sabe dónde; crepitaban y el aceite saltaba ruidosamente.

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