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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 634

Apuró el paso y logró subir al mismo transporte.

Era hora pico y el camión iba lleno. Ella había subido primero y quedó atrapada en medio, mientras él se quedó en la parte delantera. Varias filas de personas los separaban; si uno no buscaba con atención, era imposible ver al otro.

Por eso, Estefanía no sabía que él estaba ahí.

Él, por su parte, solo podía verle el perfil de vez en cuando, cada vez que el vehículo daba vuelta. Ese verano ella se había bronceado bastante, pero eso hacía que las líneas de su rostro se vieran más firmes; ya no era esa niña asustadiza que parecía un conejo.

La luz del atardecer le pegaba en la cara, como si la bañara en oro, haciéndola brillar entera.

El camión llegó a una parada, bajó gente y se liberó un poco de espacio. Él se movió en su dirección, acercándose más.

Solo los separaban dos o tres personas.

Luego subió más gente, empujándolo hacia el interior.

Ella seguía sin verlo, con la mirada perdida en la ventana.

Él también se quedó absorto.

De repente, hubo un alboroto en el pasillo y se escuchó la voz clara de ella:

—¿Qué te pasa? ¿Qué quieres hacer? ¡Sácalo ahorita mismo!

La atención de Benicio se centró en ella al instante. Se abrió paso rápidamente entre esas dos o tres personas, justo cuando escuchaba a un hombre gritar con prepotencia:

—¿Qué me pasa de qué? ¡Niña, no andes inventando cosas!

—¡Te vi con mis propios ojos robando, no lo niegues! —El tono de ella no perdió ni un gramo de fuerza.

—¡Mocosa! ¡Te voy a surtir si sigues ladrando! —Un tipo con pantalones de trabajo holgados se remangó la camisa y se abalanzó sobre Estefanía.

Benicio se deslizó por la última barrera de gente y se metió entre Estefanía y el agresor, protegiéndola con su cuerpo. Miró fríamente al sujeto.

—¿Qué quieres hacer?

Para entonces, Estefanía ya había marcado y el sonido de un celular empezó a sonar en el cuerpo del sujeto.

—¡Escuchen! ¡Está sonando ahí! ¿Vas a sacar el celular o no? —Estefanía señaló el enorme bolsillo de su pantalón de trabajo.

El hombre la miró con odio.

—Ese es mi celular, ¿qué, no me pueden llamar o qué?

—¡Pues contesta! ¡Sácalo y contesta! ¡A ver quién te llama, a ver si no es mi número! —Estefanía no le daba tregua.

El hombre no se atrevía a contestar, así que cambió de táctica:

—No quiero contestar, es spam, ¡tengo derecho a no contestar!

—¡Entonces sácalo! ¡Sácalo para ver si la llamada perdida es la mía! —Estefanía señaló el bolsillo donde la luz de la señal parpadeaba.

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