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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 635

A estas alturas, ¿quién en el camión no se había dado cuenta de lo que pasaba?

Ese tipo seguro se había robado el celular de la anciana. De inmediato, todos empezaron a apoyar a Estefanía, exigiéndole al hombre que lo entregara.

La abuelita también se desesperó y le suplicó:

—Regrésame mi celular, por favor, ahí tengo muchas fotos de mis hijos…

El hombre estaba nervioso, pero se aferraba a su última línea de defensa:

—¡Dije que no agarré nada! ¿Qué quieren? ¿Cachearme? Les aviso que eso es ilegal, ¡es invasión a la privacidad! ¡Y tú! —le gritó a Benicio—, ¡me estás lastimando, te voy a demandar, me vas a tener que pagar!

—¡Órale pues! —Benicio no se dejó amedrentar por sus amenazas vacías—. Demándame. Vamos ahorita mismo. Chofer, por favor abra la puerta, nos bajamos. ¡Vamos a buscar un lugar donde puedas poner tu demanda!

—¿A… a dónde? —El hombre intentó aprovechar un descuido de Benicio para escapar, pero fracasó de nuevo. Benicio le tenía la muñeca bien prensada, imposible soltarse.

—¡A la delegación! —dijo Benicio—. ¿No decías que me ibas a demandar por lesiones? Vamos de una vez, ¡vamos juntos!

El tipo finalmente entró en pánico, pero aún guardaba una esperanza.

—¡Vamos… vamos pues! ¡Abran! ¡Bajen!

Pensaba que al bajar, estando solo con un estudiante, encontraría la forma de huir.

Sin embargo, los demás pasajeros empezaron a gritar:

—¡Si se bajan nos bajamos todos! ¡Vamos a la delegación!

Ahí sí, el ladrón se puso a temblar.

El chofer, que manejaba con calma, dio una vuelta y anunció:

La pastelería donde trabajaba Benicio y la academia de baile de Estefanía estaban en el mismo edificio. Al bajar del camión, tenían que caminar unos minutos.

En ese trayecto, Benicio finalmente le dijo:

—Qué valor el tuyo, atreverte a agarrar al ladrón tú sola. No sabía que fueras así.

Realmente sentía que Estefanía había cambiado mucho.

No negaba su bondad ni su sentido de justicia, pero sentía que la Estefanía de antes habría buscado una forma más segura de actuar en lugar de confrontarlo directamente.

—Si lo vi, ¿cómo no iba a decir nada? —replicó ella—. ¿Tú te hubieras quedado callado?

Benicio sonrió con amargura. Claro que no, pero…

—¿No te dio miedo? —La Estefanía que él conocía era como un caracol que sacaba sus antenitas con precaución para tantear el mundo; al menor ruido, se escondía. No sabía que, cuando él no estaba, ella podía ser tan valiente.

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