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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 724

Estefanía frunció el ceño y preguntó en voz baja.

—¿En la mano? ¿Qué traes puesto? —La abuela seguía sosteniendo su muñeca, riéndose de ella—. ¿Seguro que ya despertaste bien?

Estefanía levantó la mano y contempló la cadena brillante en su muñeca.

—¿No traigo nada?

—No, nada —respondió la abuela, mirándola con curiosidad.

Estefanía dejó caer el brazo.

—Ah, es que soñé que me compraba una pulsera nueva...

Al parecer, nadie en este tiempo podía ver esa pulsera, excepto ella.

Pero la abuela se quedó con el comentario. Después de ver la exposición, la llevó a comprar una pulsera real.

Ella extendió la mano donde ya llevaba el brazalete invisible. La vendedora solo elogió su tono de piel, diciendo que combinaba perfecto con la pieza que se estaba probando, y luego le colocó la pulsera nueva justo en el mismo lugar donde estaba la otra.

Efectivamente, nadie podía verla...

Si no fuera porque podía sentirla físicamente en su muñeca, ella misma habría dudado de su cordura.

Pero estaba ahí, realmente estaba ahí...

Más adelante, siguió entrando en sus sueños de forma intermitente. Sin embargo, nunca volvió a fusionarse con la pequeña Estefanía. En el sueño, siempre permanecía como una observadora flotante, viendo todo lo que sucedía, especialmente a Benicio.

¡Benicio no recordaba en absoluto la promesa que le había hecho!

¡Siempre estaba con Gregorio y Ernesto!

Jugaban baloncesto juntos, iban a comer a su restaurante y siempre se iban sin pagar.

Ella, siendo invisible, aunque se pegara a la cara de Benicio, él no sentía nada.

Le dejó mensajes una y otra vez.

Esa noche, observó el punto rojo del cigarro brillando entre sus dedos y escuchó la risa exagerada y molesta de Gregorio. El perfil de Benicio se veía borroso tras el humo, mostrando una sonrisa desenfrenada que a ella le resultaba desconocida.

Estaba furiosa. Quería correr hacia él, agarrarlo del cuello de la camisa y gritarle, quería manotearle el cigarro, pero sus brazos atravesaban el cuerpo de él como si fuera una niebla vacía.

Por suerte, llegó un profesor y los atrapó en el acto.

—¡Benicio! —El grito del maestro resonó como un trueno.

—¡Maestro, contrólelo! ¡No deje que siga así! —Aunque sabía que el maestro no podía oírla, ella le gritó con desesperación.

Benicio siempre había sido un alumno de excelencia. ¿Cómo era posible que estuviera fumando y escapándose de clases? ¿Qué le estaba pasando?

El maestro llevó a Benicio a la dirección, mientras que a Gregorio lo entregaron a la prefectura de la escuela.

En la oficina, Benicio mostraba una actitud rebelde y arrogante que enfureció al profesor.

—¡Benicio, mira nada más cómo te estás comportando últimamente! ¡Y mira los resultados de tu examen mensual! —El maestro puso su examen sobre el escritorio—. ¿Sabes cuánto has bajado? ¡Ya caíste por debajo del lugar cincuenta!

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