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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 725

Más allá del lugar 50…

Benicio Téllez siempre había sido el primero de su generación.

Estefanía Navas estaba que echaba humo: «Benicio, ¿qué diablos estás haciendo?».

Benicio simplemente se mantuvo erguido; no le respondió a la maestra y, por supuesto, no podía escuchar los gritos de Estefanía.

—Benicio, ¿tienes algún problema? Cuéntame, ya sea de estudios, de tu vida personal o… tal vez algún problema de amores. Puedes platicar conmigo de lo que sea. —La maestra, con mucha paciencia, intentaba ayudarlo a resolver la situación.

Sin embargo, Benicio solo le soltó una frase:

—Gracias, maestra. Sé lo que hago.

—Tú… —La maestra se quedó pasmada ante su respuesta, pero se aguantó las ganas de regañarlo y trató de razonar con él—: Benicio, yo sé que siempre has sido un chico con criterio y muy disciplinado. Cuando uno es joven, es inevitable toparse con baches en el camino, pero tienes que entender algo: a la adversidad no se le gana tirándose al abandono, sino volviéndose más fuerte que antes y más fuerte que tus rivales. Si te dejas caer ahora y sigues retrocediendo, ahí es cuando la gente realmente te va a perder el respeto.

Bueno, ese discurso hasta Estefanía lo entendió perfectamente.

La maestra le estaba lanzando una indirecta a Benicio: si era por un corazón roto, hacerse la víctima no iba a recuperar a la chica. Solo haciéndose más fuerte lograría que lo valoraran.

Ella no sabía si Benicio había captado el mensaje. De todos modos, él mantenía esa actitud de «me vale madres» y solo respondía por compromiso:

—Lo sé, maestra.

Cualquier cosa que ella dijera, él contestaba:

—Está bien, maestra.

Asentía a todo, pero sus ojos lo delataban: no estaba escuchando ni una sola palabra.

Al final, la maestra no pudo hacer más con él. Después de gastar saliva tratando de aconsejarlo, no le quedó de otra que mandarlo de vuelta al salón.

La mirada de Estefanía lo siguió sin control. Entró con él al aula del área de físico-matemático y se quedó parada a su lado durante toda la sesión de estudio vespertino, viendo cómo hacía garabatos.

En toda la tarde, no prestó atención a nada. Solo tomó una pluma y se puso a rayar en una hoja de papel, escribiendo cosas que ella no entendía.

Iván sabía que no le había ido bien en el examen y que la maestra lo había regañado. Quiso decir algo, pero se detuvo y al final se marchó.

Benicio se quedó ahí sentado, con la mirada perdida hacia el frente.

Estefanía seguía sentada sobre su escritorio, observándolo.

—A ver, Benicio, ¿qué haces ahí pasmado? Pensé que te quedabas para resolver problemas, pero si solo vas a estar en la baba, ¿no es mejor irte a dormir? ¿Qué ganas quedándote aquí? —dijo Estefanía en voz alta.

Por supuesto, seguía hablando sola.

El asiento de Benicio esa semana estaba junto a la pared, cerca de la puerta, donde se encontraban los interruptores de luz.

De repente, Benicio levantó la mano y apagó la luz. El salón quedó en completa oscuridad.

Estefanía pensó que ya se iba a los dormitorios, así que se cruzó de piernas sobre la mesa y le susurró:

—Así me gusta. Vete a descansar, mañana empieza a estudiar con ganas y, de ahora en adelante, vive bien. No importa a qué universidad vayas, vas a ser excelente. Fundarás esa famosa empresa tecnológica en Puerto Maristes; tendrás fama, dinero, estatus… Y si… si en el futuro encuentras a una chica que te ame muchísimo, y tú también la quieres, trátala bien. No le rompas el corazón, ¿entendido?

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