La grabación continuó. El único sonido durante casi un minuto fue el siseo de la cinta y el eco de los sollozos ahogados de un niño de nueve años, un sonido de una soledad tan profunda que era casi físico. Julian, sentado en la oscuridad de su estudio, se encontró conteniendo la respiración, un oyente cautivo de su propio dolor olvidado.
—Estás en la playa ahora, Julian —la voz tranquila del Dr. Albright finalmente rompió el silencio—. Estás a salvo. ¿Qué ves a tu alrededor?
La voz del niño respondió, todavía temblorosa, pero un poco más tranquila. —La arena. Es blanca. Y fría. El sol se está poniendo. El cielo es naranja.
—¿Estás solo?
Hubo una pausa. Una pausa tan larga que Julian pensó que el niño se había quedado dormido o se negaba a responder.
—No —dijo finalmente la voz, y había un cambio en el tono. Un matiz de sorpresa, de maravilla infantil.
—¿Quién está contigo?
—Una niña.
Julian, el hombre, frunció el ceño. No recordaba a ninguna niña. El recuerdo, hasta ese momento, había sido uno de absoluta soledad.
—¿De dónde vino? —preguntó el médico.
—No lo sé. Simplemente... apareció. Se sentó a mi lado.
La voz del niño era ahora un susurro suave, como si describiera un secreto.
—¿Qué te dijo?
—No dijo nada.
La simplicidad de la respuesta fue desconcertante.
—¿No dijo nada en absoluto?


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