Por un instante, el universo contuvo la respiración. El caos de la acera se desvaneció, reemplazado por un silencio antinatural y pesado.
Ava yacía inmóvil al pie de las escaleras de hormigón, una figura rota sobre el suelo sucio de la estación de metro.
Incluso los paparazzi se quedaron congelados. Las cámaras bajaron un centímetro. Los rostros, antes distorsionados por la codicia, ahora mostraban una máscara de shock.
El grito de Leo rompió el silencio. Fue un sonido desgarrador, lleno de pánico y angustia.
—¡AVA!
Fue el primero en reaccionar. Se abrió paso a empujones entre la multitud paralizada y bajó corriendo las escaleras, saltando los últimos tres escalones.
Se arrodilló a su lado, sus manos flotando sobre ella, sin atreverse a tocarla.
—Ava, Ava, mírame —su voz era un ruego desesperado.
Pero los ojos de ella estaban cerrados. Su rostro estaba pálido como la cera, y un hilo de sangre comenzaba a salir de su sien.
La mirada de Leo bajó por su cuerpo. Vio la forma antinatural en que yacía. Y luego vio la mancha oscura que se extendía rápidamente sobre la tela de su vestido, alrededor de sus piernas.
Sangre. Demasiada sangre.
El horror lo golpeó con una fuerza física. Se quedó sin aliento.
Levantó la cabeza hacia la multitud silenciosa que los observaba desde arriba, sus rostros como máscaras pálidas.
—¡LLAMEN A UNA AMBULANCIA! —gritó, su voz rompiéndose—. ¡AHORA!
Su grito rompió el hechizo. El caos se reanudó, pero de una manera diferente.
El frenesí depredador de los paparazzi se había evaporado. Ahora era el caos del pánico y la confusión.
Le susurró, su voz temblorosa, ignorando al médico, a la multitud, a todo. —La ayuda viene en camino. Ya casi están aquí. Solo tienes que aguantar un poco más.
No sabía si ella podía oírlo. Probablemente no. Pero no podía soportar el silencio.
Y entonces, lo oyó.
Al principio, era un sonido débil y distante. Un gemido agudo, casi perdido en el estruendo constante de la ciudad de Nueva York.
Pero luego creció. Se hizo más fuerte, más claro, más urgente.
Una sirena.
El sonido atravesó el ruido del tráfico y las voces de la multitud. Se acercaba rápidamente, un lamento penetrante que cortaba el aire.
Simbolizaba la esperanza de ayuda. Y la confirmación innegable de la tragedia.

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