La conciencia regresó a Ava lentamente, como una marea perezosa. No fue un despertar repentino, sino un ascenso gradual desde una oscuridad profunda y sin sueños.
Lo primero que percibió fue el olor. Un olor limpio, químico y antiséptico que le picaba en la nariz.
Luego, el sonido. Un pitido rítmico y suave, constante y cercano a su oído derecho.
Finalmente, abrió los ojos. Le pesaban los párpados, como si estuvieran hechos de plomo.
Lo primero que vio fue el techo. Un techo blanco, liso y estéril. Estaba formado por baldosas acústicas con pequeños agujeros.
Siguió el recorrido de una fina grieta en una de las baldosas. Se sentía desorientada. No sabía dónde estaba.
Intentó moverse, pero un dolor sordo y profundo irradió por todo su cuerpo. Su cabeza palpitaba. Sus costillas dolían con cada respiración superficial.
Y entonces lo sintió. Una extraña sensación de vacío en su abdomen.
No era dolor. Era una ausencia. Una ligereza hueca donde antes había habido una sensación de plenitud.
Giró la cabeza lentamente. La habitación del hospital era blanca y anónima. Una vía intravenosa estaba conectada a su mano.
Y sentada en una silla de plástico junto a la cama, estaba Chloe.
Su amiga tenía la cabeza entre las manos, pero la levantó al oír el movimiento de Ava.
Sus ojos estaban rojos e hinchados. Tenía ojeras oscuras bajo ellos, y su rostro, normalmente vibrante, estaba pálido y demacrado.
Al ver a Ava despierta, se puso de pie de un salto. Se acercó y le tomó la mano libre con una suavidad infinita.
—Ava —susurró Chloe, su voz ronca por el llanto—. Gracias a Dios.
Ava la miró. Su mente todavía estaba confusa, las piezas del puzzle de la memoria comenzaban a encajar lentamente.
La reunión con Leo. La acera. Los flashes. El empujón. La caída.
El dolor agudo en su vientre.
Hizo una pausa, respirando hondo. —Hicimos todo lo que pudimos. Te llevamos a cirugía de inmediato, pero... el bebé no sobrevivió.
La noticia no llegó con un grito. No hubo una explosión de dolor.
Llegó con un silencio devastador.
Ava simplemente cerró los ojos. Su rostro no cambió de expresión.
El mundo se detuvo. El pitido del monitor del corazón, el olor a antiséptico, la mano de Chloe sosteniendo la suya, todo se desvaneció.
Solo quedó el vacío. Un agujero negro y frío que se abría en el centro de su ser.
Una lágrima solitaria, caliente y silenciosa, se escapó del rabillo de su ojo derecho. Rodó lentamente por su sien y se perdió en su pelo.
El dolor era demasiado profundo para las palabras, demasiado vasto para los gritos. Era un océano de pena silenciosa, y se estaba ahogando en él.

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