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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 818

—Ven a la casa. Ahora.

Fueron las únicas palabras que Víctor Cruz pronunció. Su tono era gélido, sin una pizca de afecto.

Eso encendió todas las alarmas en la cabeza de Macarena. Sintió un nudo en el estómago, como si estuviera a punto de ser castigada por un crimen gravísimo.

Repasó mentalmente sus últimos días a la velocidad de la luz.

No recordaba haber hecho nada que pusiera en peligro los negocios de la familia Cruz.

—Estoy de compras, llegaré más tarde —respondió ella, intentando sonar casual.

Al otro lado de la línea, Víctor soltó un suspiro exasperado.

—¿Acaso eres sorda o simplemente estúpida? Te dije que vengas a la casa ahora mismo.

Macarena frunció el ceño, pero mantuvo el tono de hija sumisa.

—Está bien, voy para allá.

Pero en el instante en que cortó la llamada, estuvo a punto de romper el teléfono con sus manos.

—Viejo miserable —masculló entre dientes—. Seguro se metió en otro problema que no puede resolver y ahora se desquita conmigo y con mamá. ¡Ojalá se muera de una vez!

Con el humor completamente destrozado, Macarena dio media vuelta y caminó furiosa hacia el estacionamiento subterráneo.

Al llegar a la mansión de la familia Cruz, una atmósfera densa y asfixiante la recibió.

El ambiente era pesado. En la sala de estar había más de diez empleados de pie en absoluto silencio. Pero lo más inquietante era que su padre no estaba sentado en el sillón principal. Había otra persona ocupando ese lugar de poder.

Leonor Cruz, su madre, servía té personalmente, con una sonrisa nerviosa y sumisa plasmada en el rostro.

—Señor Olmo, le aseguro que Macarena no es ese tipo de persona. Debe haber un malentendido en todo esto.

Macarena entró rápidamente a la sala y se quedó paralizada al ver a Rubén sentado en el lugar de honor.

Víctor tenía el rostro morado de la furia, los puños apretados sobre las rodillas. Su madre intentaba calmar las aguas, mostrando una actitud patética de adulación hacia Rubén.

Al escuchar el ruido en la entrada, Rubén levantó lentamente la mirada. Sus ojos eran pedazos de hielo.

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