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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 888

Macarena no pudo soportar esa escena. Se tapó los oídos con ambas manos, se dejó caer de cuclillas en el suelo y empezó a chillar de forma histérica.

Aprovechando el caos, Marisa tomó su café de la mesa con agilidad y salió de la cafetería.

Tras escabullirse, dio unas cuantas vueltas hasta entrar en una tienda de conveniencia. Se sentó frente a la ventana de cristal, desde donde vio a César acercándose.

Marisa alzó una ceja, claramente sorprendida.

Cuando César llegó a su lado, ella le habló con tono de burla.

—Pensé que te quedarías consolando a Macarena.

César se encogió de hombros con indiferencia.

—Macarena es del tipo de persona que, mientras más la consuelas, más berrinche hace. En lugar de rogarle, es mejor dejar que se calme sola.

Hizo una leve pausa antes de añadir con seriedad.

—Además, algo que ella necesita entender urgentemente es que nadie va a estar incondicionalmente a su lado para siempre.

César recuperó su compostura habitual y la miró a los ojos.

—Quiero pedirte disculpas. Cuando firmaste aquel acuerdo de inversión con ella, fui yo quien hizo correr el rumor falso de que Rubén había prohibido que alguien te financiara.

La disculpa sonó bastante sincera.

Tan sincera, que a Marisa le costó un poco procesarlo. Siempre había pensado que, si alguien pedía perdón con tanta facilidad, tal vez significaba que no le daba verdadera importancia al daño que había causado.

Marisa esbozó una media sonrisa.

—Señor Domínguez, me cuesta mucho perdonarlo, pero acepto sus disculpas.

Si lo aceptaba, era únicamente porque ella misma se sentía fuerte ahora, no porque él se lo mereciera.

César se encogió de hombros, resignado.

—Tal vez creas que mi disculpa no tiene peso, pero la verdadera intención no se demuestra solo con palabras o gestos. Por lo que pasó aquella vez, estoy dispuesto a compensarte, siempre y cuando esté dentro de mis posibilidades.

Marisa no iba a rechazar la oferta. Si él quería enmendar su error, entonces era lo mínimo que podía hacer.

No pensaba chantajearlo emocionalmente, pero tampoco iba a jugar a ser una santa rechazando su ayuda.

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