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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 20

De vuelta en el comedor, un silencio incómodo se había instalado. Mateo bajó las escaleras, encogiéndose de hombros.

—Se quedó dormida en cuanto tocó la almohada. Nunca había visto a nadie caer así de rápido.

Ricardo miró su reloj de pulsera, un Patek Philippe que valía más que una casa. Un gesto de impaciencia crispó sus labios.

—El inversionista llegará al hotel en media hora. Debo irme. Iré a buscar a Natalia. Necesita estar presentable.

Subió las escaleras de dos en dos. Entró en la suite de Natalia sin llamar.

La encontró exactamente como Mateo la había descrito. Estaba tendida en la cama, boca abajo, en un sueño tan profundo que parecía antinatural. Ni siquiera se había quitado los zapatos.

—Natalia —dijo, su voz firme—. Despierta. Tenemos que irnos.

No hubo respuesta. Ni un murmullo.

Se acercó y la sacudió suavemente por el hombro.

—Natalia.

Nada.

La sacudió con más fuerza, la frustración comenzando a hervir en su interior.

—¡Natalia, despierta de una vez!

Su cuerpo se movió dócilmente bajo su mano, pero sus ojos permanecieron cerrados. Su respiración era lenta y profunda. Estaba completamente inconsciente.

La frustración de Ricardo se convirtió en ira. ¿Qué le pasaba? ¿Cómo podía ser tan irresponsable?

Sacó su teléfono y llamó a su asistente.

—Cambio de planes —espetó—. Retrasa la reunión con el señor Tan una hora. Dile que quedé atrapado en el tráfico. Invéntate algo.

Colgó y volvió a centrarse en Natalia. La zarandeó, le dio unas palmaditas en la mejilla, incluso le gritó en el oído. Era como intentar despertar a una estatua.

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