El agua de jamaica, de un profundo color carmesí, estaba deliciosa. Dulce, pero con el toque justo de acidez. Alejandra tomó un pequeño sorbo de su propio vaso, el que no estaba adulterado, y saboreó la ironía.
La cena continuó.
Natalia, por su parte, no dejaba de mirar a Alejandra, esperando. Esperaba ver un parpadeo, un bostezo, el más mínimo signo de que su plan estaba surtiendo efecto.
Pero Alejandra seguía comiendo con una tranquilidad imperturbable.
Pasaron diez minutos. Luego quince.
Fue entonces cuando Natalia sintió el primer cosquilleo. Una oleada de cansancio que le recorrió el cuerpo, pesada y cálida.
Un bostezo se formó en su garganta. Lo reprimió con fuerza, convirtiéndolo en una pequeña tos, llevándose la servilleta a los labios.
Unos minutos más tarde, otro bostezo, más grande y más rebelde, escapó. Esta vez no pudo ocultarlo.
Ricardo la miró, frunciendo el ceño.
—¿Estás bien, Natalia? Pareces cansada.
—Estoy bien —dijo ella, pero su propia voz le sonó lejana, como si viniera de otra habitación—. Solo… un día largo.
Intentó enfocar la mirada en Alejandra, que en ese momento le hacía una pregunta a Don Guillermo sobre los rosales del jardín. La intrusa se veía perfectamente despierta, alerta y serena.
La confusión comenzó a nublar la mente de Natalia, una niebla espesa que se sumaba al agotamiento.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué se sentía así? ¿Y por qué Alejandra no?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...