La clase de Cultura Mexicana solía ser la hora más aburrida del día para la mayoría de los estudiantes de Westbridge. Una obligación que soportar antes de escapar a sus vidas de privilegio.
Pero ese día, algo era diferente.
La profesora, una mujer apasionada por la historia, había pedido a cada alumno que trajera un objeto que representara su herencia familiar.
Los hijos de los políticos trajeron medallas de sus abuelos. Las herederas mostraron joyas antiguas, reliquias de la época del Porfiriato.
Cuando llegó el turno de Alejandra, un murmullo recorrió el aula. Se levantó de su asiento y caminó hacia el frente con su mochila.
De ella, sacó un objeto envuelto en un paño de lino. Lo desenvolvió con un cuidado casi reverencial.
No era una joya. No era oro ni plata.
Era un pequeño molcajete, no más grande que la palma de su mano, tallado en una sola pieza de obsidiana negra. La piedra era lisa y fría, pulida por generaciones de uso hasta adquirir un brillo profundo, casi líquido. Tenía tres patas cortas y robustas, y su superficie estaba grabada con delicados patrones geométricos.
Lo sostuvo en sus manos.
—Este es mi objeto —dijo, su voz clara y sin vacilaciones—. Es un molcajete de obsidiana. Fue el último regalo que me hizo mi padre antes de morir.
Un silencio respetuoso se instaló en la clase.
—Mi padre era un gastrónomo —continuó Alejandra, sus ojos fijos en la piedra negra—. No era un chef famoso, pero amaba las tradiciones de nuestra tierra, de Oaxaca. Él me enseñó a usar esto.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...