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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 23

La campana sonó, una estridencia eléctrica que liberó a los estudiantes al caos de los pasillos. El murmullo de voces y el arrastrar de pies llenaron el aire. Alejandra guardó sus libros con calma, sus movimientos metódicos y precisos. Envolvió cuidadosamente el molcajete en su paño de lino, un pequeño ritual para protegerlo, y lo metió en el compartimento principal de su mochila antes de colgársela al hombro.

Se movió con la multitud, un río de uniformes idénticos, pero cuando dobló una esquina hacia un pasillo lateral menos transitado que llevaba a la salida, el río se detuvo. El camino se le cerró.

Sofía estaba allí, de pie en medio del pasillo, con los brazos cruzados. Sus dos amigas leales, Mariana y Camila, flanqueaban el corredor como gárgolas de diseñador, bloqueando cualquier ruta de escape. Sus sonrisas eran idénticas, afiladas y expectantes.

El corredor se fue vaciando rápidamente, los otros estudiantes se desviaban instintivamente, sintiendo la tensión en el aire. En segundos, quedaron solo ellas cuatro, envueltas en un silencio hostil que era más ruidoso que el bullicio anterior.

—Vaya, vaya —empezó Sofía, su voz goteando un veneno dulce—. ¿Así que ahora eres la experta en cultura mexicana? ¿La guardiana de las tradiciones ancestrales? Qué conmovedor.

Alejandra no respondió. Su mirada era fría, impasible. Se quedó quieta, evaluando la situación.

—No te engañes a ti misma —continuó Sofía, acercándose un paso, invadiendo su espacio personal—. No eres más que basura de Oaxaca viviendo de la caridad de mi familia. Puedes traer todas las rocas estúpidas que quieras a clase, pero nunca dejarás de ser una arrimada. Tu sangre siempre será naca.

Alejandra apretó la correa de su mochila, el único signo externo de la tormenta que se gestaba en su interior. Intentó pasar por un lado, pero Camila se movió con agilidad felina para bloquearle el paso.

—¿A dónde crees que vas? —dijo Camila, masticando chicle con la boca abierta—. Sofía no ha terminado de hablar contigo.

En un movimiento rápido y sorpresivo, Sofía estiró la mano y le arrebató la mochila a Alejandra. La fuerza del tirón la hizo tambalearse, casi perdiendo el equilibrio.

Con una crueldad deliberada, Sofía dejó caer la mochila al suelo y se arrodilló sobre ella. Abrió la cremallera con un tirón brusco y comenzó a hurgar en su interior, sacando libros y cuadernos y tirándolos al suelo de mármol.

—Veamos qué otros tesoros esconde la indita —se burló, mientras sus amigas reían.

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