El horror en el rostro de Ricardo no duró.
Se transformó.
El shock se calcinó, ardiendo hasta convertirse en una furia tan fría y tan pura que pareció bajar la temperatura de la habitación.
No era la ira caliente y explosiva que había dirigido hacia Alejandra.
Era algo mucho más peligroso.
Era la furia de un rey que descubre que su corona está hecha de plomo y que su castillo está construido sobre una fosa común.
No hubo negación.
Su mente, una vez que aceptó la horrible premisa, funcionó con una lógica brutal y eficiente.
No dudaba de la veracidad del documento. La presencia de Adrián Morales como mensajero era la prueba. Adrián no habría entregado un arma tan poderosa si no estuviera seguro de que estaba cargada.
Pero necesitaba más.
Necesitaba pruebas para la guerra que sabía que se avecinaba. Pruebas que pudieran resistir el poder de su abuelo.
Se puso de pie de un solo movimiento.
La fragilidad había desaparecido. El hombre de negocios despiadado había regresado, pero su objetivo había cambiado.
Se giró hacia Cárdenas, que había permanecido inmóvil junto a la puerta, su rostro una máscara de profesionalismo.
—Cárdenas.
—Señor —respondió el jefe de seguridad, dando un paso al frente.
Ricardo recogió la nota del forense de la mesa.
—Quiero todo —dijo, su voz era un témpano de hielo—. Encuentra a este forense. El Dr. Elías Benítez.

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Hasta ahora esta muy interesante...