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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 362

La llamada la hizo Alejandra.

Usó el teléfono principal de la mansión de Las Lomas.

La vieja ama de llaves, que había servido a la familia durante cuarenta años, casi se desmaya al oír su voz.

—Señorita Robles…

—Consuelo, por favor, organice una cena para esta noche —dijo Alejandra, su tono era tranquilo, pero con un filo de autoridad que no admitía discusión—. Para tres personas.

Hubo un silencio confundido al otro lado de la línea.

—¿Tres, señorita? ¿El señor Ricardo y usted…?

—El señor Ricardo, yo… y Don Guillermo —aclaró Alejandra—. En el comedor principal. A las nueve.

La orden era tan audaz, tan fuera de lugar, que la ama de llaves tartamudeó.

—Pero el señorito… Don Guillermo… él no…

—Él vendrá —dijo Alejandra, y colgó.

La invitación no fue una petición. Fue una citación.

Esa noche, el gran comedor de la mansión Estevez estaba bañado por la luz dorada de los candelabros.

La mesa de caoba, para veinte personas, había sido puesta solo en una cabecera. Tres lugares.

Tres tronos.

Don Guillermo llegó a las nueve en punto.

Entró con su habitual aire de propietario del universo. Pero algo era diferente.

La casa estaba demasiado silenciosa. Demasiado quieta.

Encontró a Ricardo y a Alejandra esperándolo en el comedor.

Estaban de pie, uno al lado del otro, junto a la chimenea.

Unidos.

El patriarca sintió un escalofrío, una premonición que no pudo identificar.

Forzó una sonrisa.

—Ricardo. Alejandra, mi niña. Qué sorpresa tan agradable. ¿A qué debemos el honor?

—Solo una cena familiar, abuelo —dijo Ricardo, su voz era neutral, pero sus ojos eran fríos.

Se sentaron.

La tensión en la mesa era una entidad física. Se podía sentir en el aire, pesada y sofocante.

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