El silencio en el comedor se volvió pesado, denso, como el aire antes de una tormenta.
El temblor en la mano de Don Guillermo se detuvo.
Lo forzó a detenerse.
Con un esfuerzo de voluntad que debió ser titánico, recompuso su rostro.
El shock fue enterrado bajo capas de arrogancia cultivada durante décadas.
Levantó la vista de los papeles.
Sus ojos no buscaron a Alejandra. Buscaron a Ricardo.
Su heredero. Su sangre. Su última línea de defensa.
Una risa brotó de sus labios.
No era una risa genuina. Era un sonido seco, forzado, como el de unas hojas muertas siendo aplastadas.
—¿Qué es esta basura?
Su voz, aunque un poco más aguda de lo normal, intentaba proyectar su autoridad de siempre.
Empujó la carpeta a un lado con el dorso de la mano, un gesto de desdén.
—¿Un truco de ese muchacho Morales?
Señaló a Alejandra con la barbilla, sin dignarse a mirarla directamente.
—¿Te envió a ti, mi niña? ¿Te llenó la cabeza de estas fantasías?
El ataque era clásico. Desacreditar al mensajero. Pintar la verdad como una conspiración externa.
—Adrián Morales siempre ha sido un mocoso resentido. Celoso de ti, Ricardo. Celoso de nuestra familia.
Se reclinó en su silla, tratando de recuperar su postura de rey en su trono.
—Ricardo, no creerás esta tontería.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...