Ricardo no respondió a la pregunta de su abuelo.
No era necesario.
Su silencio era la respuesta.
Lentamente, como si estuviera revelando una carta en una partida de póquer de altas apuestas, sacó una tablet de su portafolio.
Era delgada, negra, un rectángulo de tecnología fría que contrastaba con los documentos antiguos sobre la mesa.
La encendió.
La pantalla cobró vida, proyectando un resplandor azulado sobre su rostro impasible.
Con un movimiento del pulgar, abrió un archivo.
Luego, sin decir una palabra, deslizó la tablet sobre la superficie pulida de la mesa.
Se detuvo justo al lado de la carpeta de manila, junto a la mano temblorosa de su abuelo.
Don Guillermo bajó la vista.
En la pantalla no había un informe complejo. No había un análisis financiero.
Era algo mucho más simple. Mucho más devastador.
Un registro de llamadas.
Una lista de números, fechas y duraciones, obtenida no por medios legales, sino por el poder ilimitado de Cerbero, el hacker.
—Este es el registro de tus llamadas personales del día después del accidente de Roberto Robles —dijo Ricardo.
Su voz era plana. Sin emoción. El tono de un fiscal presentando la prueba A.
Don Guillermo miró la lista, su corazón comenzando a latir con una fuerza dolorosa contra sus costillas.
—Cinco llamadas a Santiago Morales —continuó Ricardo, su dedo índice flotando sobre la pantalla, aunque no necesitaba señalar—. La primera a las siete de la mañana. La última a las once de la noche.
Levantó la vista, sus ojos se clavaron en los de su abuelo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...