La guerra no esperó al amanecer.
A las diez de la noche, mientras la Ciudad de México se sumergía en el brillo de su vida nocturna, un convoy de vehículos negros sin insignias se deslizó por las calles silenciosas y arboladas de las Lomas de Chapultepec.
No llevaban sirenas.
Su avance era sigiloso, depredador.
Se detuvieron frente a un conjunto de imponentes puertas de hierro forjado, la entrada a la fortaleza de la familia Morales.
Dentro, Santiago Morales, el patriarca, disfrutaba de un coñac en su biblioteca.
Acababa de pasar las últimas doce horas en una batalla campal por teléfono, tratando de detener la hemorragia de su imperio.
Pero el pánico del mercado era solo un síntoma.
La verdadera enfermedad estaba a punto de llamar a su puerta.
El sonido del timbre fue agudo, insistente, una nota discordante en la sinfonía de riqueza y seguridad.
Un mayordomo, pálido y tembloroso, anunció la visita.
—Señor, es la policía. La Policía Federal.
Santiago se puso de pie, su primera reacción fue de irritación.
¿La policía? ¿En su casa? ¿A esta hora? Era un insulto.
Caminó hacia el vestíbulo, su mente ya formulando una queja que presentaría al secretario de seguridad a primera hora de la mañana.
Pero cuando vio la escena en su puerta, la arrogancia se evaporó.
No eran dos oficiales locales. Eran una docena de agentes federales, con chalecos antibalas y rostros impasibles.
Y detrás de ellos, un enjambre.
Los flashes de las cámaras explotaron en la noche, una tormenta de luz blanca que lo cegó.
Reporteros, camarógrafos, periodistas de todos los principales noticieros del país se agolpaban en su entrada.
La punta anónima de Ricardo había funcionado a la perfección.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...