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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 373

Con los Morales neutralizados, con su nombre manchando cada titular y su imperio en ruinas, el tablero de ajedrez había cambiado drásticamente.

Solo quedaba un rey enemigo en pie.

Ricardo no esperó.

Esa misma mañana, mientras la ciudad devoraba las noticias del arresto de Santiago Morales, él se dirigió a la mansión de Las Lomas.

Encontró a su abuelo en el estudio, el mismo lugar donde se habían sellado tantos destinos.

Don Guillermo estaba de pie junto a la ventana, observando los jardines que había cultivado durante cincuenta años.

Parecía más viejo. La noticia de la caída de su socio, de su cómplice, lo había golpeado.

No se giró cuando Ricardo entró.

—Lo has hecho —dijo, su voz era un murmullo ronco—. Has destruido a los Morales.

—He hecho justicia —corrigió Ricardo, su tono era frío, desprovisto de cualquier emoción filial.

Se acercó y se paró junto a él, mirando también por la ventana. Dos generaciones de poder, ahora en orillas opuestas de un río de sangre.

—Y ahora es tu turno.

Don Guillermo finalmente se giró. Sus ojos, antes tan llenos de poder, ahora mostraban un atisbo de miedo.

—¿Qué quieres, Ricardo? ¿Dinero? ¿Más poder? Te lo daré.

Ricardo soltó una risa seca, sin humor.

—No has entendido nada, ¿verdad? Esto nunca fue por dinero.

Se alejó de la ventana y se sentó en una de las sillas de cuero frente al imponente escritorio de su abuelo.

El gesto fue una usurpación simbólica del poder.

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