La suite de Alejandra se sentía como la quietud en el ojo de un huracán. Fuera, la mansión era un torbellino de preparativos de última hora, pero dentro, el tiempo parecía haberse ralentizado.
El vestido esmeralda, la trampa de seda, colgaba de la puerta del armario. Brillaba bajo la luz de la habitación, una joya venenosa y resplandeciente, el cebo perfecto dejado a la vista de todos. Era lo primero que cualquiera vería al entrar.
Alejandra comenzó su ritual. No era la preparación para una fiesta. Era la preparación para una batalla.
Primero, el baño. Llenó la tina con agua caliente y sales de lavanda. Se sumergió en el calor, cerrando los ojos, no para relajarse, sino para centrarse. Dejó que el vapor se llevara cualquier atisbo de duda, cualquier temblor de nervios. Cuando salió, su mente estaba tan clara y serena como un trozo de obsidiana pulida.
Una doncella joven, Ana, tocó suavemente la puerta.
—Señorita Alejandra, ¿necesita ayuda para vestirse?
Alejandra se envolvió en una bata de seda.
—Gracias, Ana. ¿Podrías ayudarme a preparar el tocador y luego traerme un té de manzanilla, por favor? Después de eso, creo que puedo arreglármelas sola. A veces prefiero vestirme sin prisas, en silencio.
Ana, acostumbrada a las excentricidades de los ricos, asintió sin dudar. —Por supuesto, señorita.
Mientras la doncella arreglaba los cepillos y las cremas, y luego se iba a preparar el té, Alejandra permaneció sentada frente al espejo, observando su propio reflejo. Cuando Ana regresó con la infusión humeante y cerró la puerta tras de sí, la verdadera preparación comenzó.
Alejandra se levantó y caminó hacia el armario. Con un movimiento rápido y silencioso, descolgó el vestido esmeralda y lo arrojó sin cuidado sobre una silla en el rincón más oscuro de la habitación.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...