La entrada al Museo Soumaya era un circo de glamour y vanidad. Un río de autos de lujo depositaba a la élite de México sobre una alfombra roja flanqueada por un muro de fotógrafos. Los flashes de las cámaras explotaban sin cesar, una tormenta de luz blanca que capturaba sonrisas falsas y joyas de millones de dólares.
Mateo Estevez esperaba junto a la entrada, justo en el punto más visible. Estaba impaciente, revisando su reloj cada treinta segundos. Una sonrisa maliciosa jugaba en sus labios. Cada vez que una mujer con un vestido verde aparecía en la distancia, su cuerpo se tensaba de anticipación, solo para relajarse con decepción. Quería un asiento de primera fila para la humillación que había orquestado tan cuidadosamente.
Ricardo y Natalia ya estaban dentro, pero cerca de los ventanales que daban a la entrada, fingiendo conversar con otros invitados mientras sus miradas se desviaban constantemente hacia la alfombra roja.
Entonces, un auto negro, elegante pero discreto, se detuvo. No era un Rolls-Royce ni un Ferrari. Era un sedán sin insignias llamativas. El valet abrió la puerta.
El primer zapato que tocó el suelo no era un tacón de aguja con suela roja, sino una sandalia de tacón de terciopelo negro, atada al tobillo.
Y entonces, ella bajó.
Por un segundo, solo un segundo, un silencio desconcertado cayó sobre la cacofonía de la alfombra roja.
No llevaba el vestido esmeralda.
Alejandra se enderezó, y la tormenta de flashes se reanudó, pero esta vez con una ferocidad diferente. No era el frenesí habitual. Era un frenesí de confusión y asombro.
Llevaba lo que solo podía describirse como un huipil de gala. El vestido, de un terciopelo negro profundo que se tragaba la luz, era de un corte moderno, ceñido al cuerpo hasta la cintura y luego caía en una suave línea A hasta el suelo. Pero sobre esa base de noche, florecía una obra de arte. Un intrincado bordado a mano, en hilos de seda de morado profundo, fucsia y oro, trepaba desde el dobladillo, se concentraba en la cadera y el torso, y culminaba en un espectacular adorno en un solo hombro.
No era un vestido. Era una declaración de identidad.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...