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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 44

La indiferencia de Ricardo fue como una bofetada. Natalia sintió cómo la sangre le subía a las mejillas, una oleada de calor y humillación. Él no solo la había ignorado, la había descartado para seguir mirando a esa.

Con una sonrisa forzada pegada en los labios, se disculpó del grupo en el que estaba y se movió con la gracia de una serpiente a través de la multitud. Sus ojos, sin embargo, no eran gráciles. Eran dos esquirlas de hielo buscando un objetivo.

Encontró a Mateo cerca de una de las terrazas, escondido detrás de una columna dórica y bebiendo un whisky con una ferocidad que sugería que no era el primero. Su esmoquin estaba impecable, pero su rostro estaba pálido y contraído por la ira.

—Disfrutando de la velada —dijo Natalia, su voz era un susurro sedoso y venenoso.

Mateo dio un respingo y se giró. Al verla, su expresión de furia se profundizó con una capa de vergüenza.

—Natalia.

—No me mires así. Ambos sabemos quién es el culpable de que estés aquí escondido como un niño castigado. —Se acercó más, bajando la voz—. ¿Qué pasó? Se suponía que la ibas a destruir. Teníamos un plan.

Los nudillos de Mateo se pusieron blancos alrededor de su vaso.

—Me engañó. No sé cómo. —Su voz era un gruñido bajo y frustrado—. El vestido… lo cambió. Hizo algo.

Natalia soltó una risa corta y sin alegría.

—Por favor, Mateo. Un vestido no se cambia por arte de magia. Te usó. Te manipuló desde el principio. Te hizo creer que eras el cazador, cuando todo el tiempo fuiste la presa.

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