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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 45

El plan de Mateo se había desmoronado, dejándolo como una sombra humillada al lado del nuevo sol de la galaxia social. Se había retirado a una de las mesas de bebidas menos concurridas, quejándose en voz baja con un amigo que parecía más interesado en los canapés que en su desgracia.

Alejandra lo observó desde la distancia durante varios minutos. Vio su mandíbula apretada, la forma en que su mirada seguía cada uno de sus movimientos con un odio impotente. Era el momento perfecto.

Con una gracia deliberada, se acercó a un camarero y tomó dos copas de vino tinto de su bandeja. El líquido, un Burdeos profundo, se arremolinaba en el cristal como sangre y sombras.

Navegó a través de la multitud, su vestido de terciopelo ondeando suavemente a su alrededor. Se detuvo frente a Mateo. Su amigo, al verla, murmuró una excusa y desapareció.

—Mateo —dijo ella, su voz era cálida, su sonrisa encantadora.

Él la miró, sorprendido y a la defensiva. —¿Qué quieres?

Alejandra le ofreció una de las copas. Su expresión era de una sinceridad impecablemente fingida.

—Quería agradecerte. En serio. Sin tu invitación, no estaría aquí esta noche. Y creo que… tenías razón. Necesitaba un nuevo comienzo.

La confusión luchó con la sospecha en el rostro de Mateo. No sabía cómo reaccionar ante esta aparente rama de olivo.

—Deberíamos brindar —continuó ella, sus ojos brillando bajo las luces del museo—. Por las segundas oportunidades.

La palabra "oportunidades" pareció resonar con la humillación de él. Pero rechazar un brindis frente a tanta gente sería una grosería que ni siquiera él se atrevía a cometer. Con un movimiento brusco, tomó la copa.

—Por las segundas oportunidades —repitió él, su voz sonaba hueca y sarcástica.

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