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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 54

Ernesto Rojas, el patriarca de la familia, era un hombre tallado en granito y ambición. No sonreía, negociaba. No hablaba, emitía decretos. En el ecosistema de la alta sociedad mexicana, él era un depredador alfa, y lo único que valoraba por encima del dinero y el poder era la "cara" de su familia: esa intangible mezcla de reputación, respeto y miedo.

Estaba en el centro de un círculo de hombres igualmente poderosos, discutiendo la fluctuación del peso frente al dólar, cuando sintió una presencia a su lado. Era Fernando Villa, un socio de negocios y rival amistoso, cuya especialidad era entregar malas noticias con la compasión de un buitre.

—Ernesto, lamento interrumpir —dijo Villa, su rostro era un estudio de falsa simpatía.

Ernesto Rojas no se giró. —¿Qué quieres, Fernando? Estoy ocupado.

—Solo quería darte mis condolencias. Una noche realmente desafortunada para tu hijo, Mateo —continuó Villa, su voz era un susurro que, sin embargo, silenció la conversación a su alrededor.

Finalmente, Ernesto giró la cabeza, sus ojos fríos y grises se fijaron en Villa. —¿Desafortunada? ¿De qué hablas?

Villa suspiró, como si le doliera profundamente tener que ser el portador de tales noticias.

—Bueno, primero el terrible accidente con el vino tinto. Un desastre, pobre chico. Pero eso, por supuesto, cualquiera lo entiende. —Hizo una pausa dramática, asegurándose de tener la atención de todos—. Pero ahora… ahora corren estos rumores tan desagradables.

—¿Rumores? —repitió Ernesto, su voz era peligrosamente baja.

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