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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 55

La puerta de la biblioteca privada del museo se cerró con un clic seco y definitivo, aislando a Ernesto Rojas y a su hijo del resto del universo. El sonido de la gala se convirtió en un murmullo distante, irrelevante. Aquí dentro, el único sonido era el de la respiración agitada de Mateo y el silencio glacial de su padre.

Ernesto no gritó. No lo necesitaba. Su ira era una fuerza fría, una presión que llenaba la habitación y hacía difícil respirar. Se movió por la biblioteca con la calma de un depredador, sin mirar a su hijo. Sus dedos rozaron los lomos de cuero de libros antiguos, el cristal de una vitrina.

Finalmente, se detuvo. Se giró lentamente. Sus ojos se posaron en el desastre del traje que Mateo sostenía en sus manos como una ofrenda fúnebre.

—Dámelo —ordenó. Su voz era plana, sin emoción.

Mateo, temblando, le tendió el saco arruinado.

Ernesto lo tomó, no con asco, sino con el desinterés de un científico examinando una muestra fallida. Sus dedos, acostumbrados a firmar cheques de millones de dólares, fueron directamente al interior del cuello. Con un movimiento brusco, casi arrancó la etiqueta. La sostuvo bajo la luz de una lámpara de escritorio.

Las letras mal impresas, la costura torpe. La evidencia era patética.

Dejó caer la etiqueta al suelo y la aplastó con la punta de su zapato de piel italiana.

Luego, su mirada se clavó en Mateo.

—Te di doscientos mil pesos. Un presupuesto generoso, incluso para un Tom Ford. —Su voz seguía siendo baja, pero cada palabra era un golpe—. El traje, incluso una buena falsificación, no pudo haber costado más de veinte mil. Eso deja un déficit de ciento ochenta mil pesos.

Hizo una pausa, dejando que el número flotara en el aire viciado de la habitación.

—¿Dónde está el dinero que te di para el traje de Tom Ford? ¡Habla!

La pregunta no fue un grito, pero resonó en el cráneo de Mateo como una explosión. El control de su padre era absoluto; su capacidad para reducirlo a un niño tembloroso era instantánea.

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