La marca de la bofetada ardía en la mejilla de Mateo, un faro de humillación que palpitaba al ritmo de su corazón desbocado. Se quedó allí, con la cabeza gacha, esperando el siguiente golpe, el siguiente grito.
Pero su padre ya había terminado con la violencia física. Su furia ahora se canalizaba en una crueldad fría y metódica.
Ernesto Rojas sacó su teléfono del bolsillo interior de su saco. Era un gesto tranquilo, casi casual, pero que a Mateo le pareció el preludio de una ejecución. Navegó por sus contactos con una precisión imperturbable y presionó el botón de llamar.
El teléfono fue contestado al primer tono.
—García, soy Rojas —dijo Ernesto, su voz era un témpano de hielo—. Necesito que hagas algo por mí. Cancela todas las tarjetas de crédito de Mateo. Las personales, las de la empresa, todas. Inmediatamente.
Hubo una breve pausa. Mateo podía imaginar al asistente de su padre al otro lado de la línea, probablemente sentado en su lujosa oficina, sorprendido por la orden a estas horas de la noche.
—No, no quiero un informe. Quiero que se haga. Ahora —continuó Ernesto, cortando cualquier posible pregunta—. Y García, a partir de mañana, su asignación mensual queda suspendida indefinidamente. Gracias.
Colgó el teléfono. No miró a Mateo. Se dirigió a la ventana, observando las luces de la Ciudad de México, como si su hijo ya no existiera, como si fuera un mal negocio que acababa de liquidar.
Luego, se volvió. Su mirada pasó por encima de Mateo, como si fuera un mueble.
—Mañana a las ocho de la mañana, ni un minuto más tarde, estarás en mi oficina. Traerás un estado de cuenta de todos tus gastos del último año. —Su voz era monótona, desprovista de toda emoción—. Vamos a calcular exactamente cuánto has robado, cuánto has desperdiciado. Y luego, vas a empezar a pagarme cada centavo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...