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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 58

La mano de Ricardo se cerró sobre el brazo de Alejandra como un grillete de acero. No hubo advertencia, no hubo palabras. Un segundo estaba observando la desintegración de sus enemigos, y al siguiente estaba siendo arrastrada a través del opulento vestíbulo del museo, sus tacones de plata apenas tocando el suelo de mármol.

La gente se apartaba a su paso, sus rostros una mezcla de sorpresa y curiosidad maliciosa. Veían al heredero de los Estevez, su rostro una máscara de furia oscura, arrastrando a la misteriosa chica del vestido oaxaqueño. Era la conclusión perfecta para una noche de escándalo.

Ricardo no se detuvo hasta que llegaron a las puertas de servicio, empujándolas para salir al aire frío y estéril de las escaleras de emergencia. El eco de sus pasos resonó en el concreto mientras la arrastraba hacia abajo, nivel tras nivel, hasta las entrañas del edificio.

El estacionamiento subterráneo era una caverna de concreto y luces fluorescentes que zumbaban como insectos moribundos. El aire olía a gasolina, a llantas calientes y a cemento húmedo. Ricardo finalmente la soltó, solo para empujarla con fuerza contra una columna de concreto. La superficie fría y rugosa se clavó en su espalda a través de la fina tela del vestido.

Estaban a solas. El silencio era pesado, roto solo por el zumbido de las luces y la respiración agitada de Ricardo.

Se cernía sobre ella, sus manos apoyadas a cada lado de su cabeza, atrapándola. Su costoso esmoquin estaba ligeramente arrugado, su corbata aflojada. Parecía un animal enjaulado, irradiando una energía violenta.

—¿Estás feliz? —siseó, su voz era un gruñido bajo y peligroso. El aliento a whisky caro golpeó el rostro de Alejandra—. ¿Esto es lo que querías? ¡Hacernos el hazmerreír de toda la ciudad!

Alejandra no se inmutó. No luchó. No gritó. Lo miró directamente a los ojos, su propia respiración tranquila y medida. La adrenalina cantaba en sus venas, pero no era miedo. Era la euforia helada de la batalla.

—Él construyó su propia pira funeraria —respondió ella, su voz era tan fría y tranquila como la de él era caliente y caótica—. Yo solo le ofrecí la cerilla.

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