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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 59

El viaje de regreso a la mansión fue una guerra librada en un silencio absoluto. El interior del sedán de lujo, normalmente un santuario de cuero y madera pulida, se había convertido en una cámara de presión, un espacio confinado cargado con la electricidad no resuelta de la confrontación en el estacionamiento.

Ricardo conducía con una furia controlada. Sus manos, con los nudillos raspados por el golpe contra el concreto, se aferraban al volante de cuero con tanta fuerza que sus dedos estaban blancos. Sus ojos estaban fijos en la carretera, pero no veía el asfalto ni los otros autos. Veía el desafío en los ojos de Alejandra, sentía la textura de sus labios casi tocando los suyos.

El motor del auto era el único sonido, un gruñido bajo y constante que llenaba el vacío, un reflejo de la tormenta que se agitaba dentro de él. Pisaba el acelerador con demasiada fuerza, tomando las curvas de la autopista urbana con una velocidad que era más una agresión que un simple desplazamiento. Los adelantamientos eran bruscos, las frenadas tardías. Cada acción era un grito ahogado de frustración.

Estaba furioso con ella. Furioso por su audacia, por su calma, por la forma en que lo había desafiado y expuesto la debilidad de su familia. Pero debajo de la ira, había algo más, algo que lo aterrorizaba aún más: estaba furioso consigo mismo. Por haberla arrastrado, por haber perdido el control, por haber sentido ese tirón innegable hacia ella en medio de su rabia. Ella era un problema que no podía resolver con dinero o con órdenes, y eso lo volvía loco.

Alejandra, por su parte, se había replegado en una fortaleza de quietud. Se sentó en el asiento del pasajero, su espalda recta, su postura impecable. Se había negado a mirarlo desde que subieron al auto.

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