La colonia Doctores era un mundo aparte de los jardines cuidados y las fachadas de cantera de Las Lomas. Aquí, la vida se derramaba sobre las aceras en un vibrante caos de talleres mecánicos, puestos de jugos y edificios de apartamentos con la ropa tendida en los balcones. El aire olía a asfalto caliente, a fritanga y al zumbido de una ciudad que nunca descansaba.
Alejandra caminó por las calles, guiada por las indicaciones de su teléfono, sintiéndose a la vez visible e invisible. Nadie le prestaba atención, y sin embargo, su ropa, aunque sencilla, la marcaba como una extraña en este territorio.
Finalmente, la encontró. En una calle modesta, intercalada entre una refaccionaria y una tienda de abarrotes, había una pequeña fonda. No tenía un letrero de neón ni una entrada ostentosa. Solo un letrero de madera, pintado a mano con letras un poco torpes pero llenas de cariño: "El Sazón de Elodia".
El corazón de Alejandra dio un vuelco. Era real.
Empujó la puerta de vaivén y entró. El interior era humilde, con no más de seis mesas de formica cubiertas con manteles de hule de flores. Pero estaba impecablemente limpio. El aroma que flotaba en el aire era un bálsamo para su alma herida: una mezcla de tortillas recién hechas, cebolla friéndose y el profundo y complejo perfume de los chiles tostados. Era el olor de su infancia.
Detrás de un pequeño mostrador de azulejos, una joven de su edad estaba picando cilantro con una velocidad y precisión asombrosas. Tenía el cabello negro recogido en una trenza apretada, y sus brazos eran fuertes y definidos. Cuando levantó la vista, Alejandra contuvo el aliento. En su rostro, en la línea decidida de su mandíbula y en la intensidad de sus ojos oscuros, vio un eco inconfundible de las viejas fotografías de su abuela Elodia.
Era Elena.
Alejandra tomó asiento en una de las mesas. Elena se acercó, secándose las manos en el delantal. Su sonrisa era profesional, pero sus ojos la evaluaban con una curiosidad cautelosa.
—Buenas tardes. Bienvenida. ¿Qué le sirvo?
—Buenas tardes —respondió Alejandra, su voz era tranquila—. Me han dicho que aquí sirven el mejor mole de la ciudad.
Una chispa de orgullo brilló en los ojos de Elena. —Eso dicen. Tenemos el especial de la casa, mole negro con pechuga de pollo y arroz.
—Eso es perfecto. Tráigame uno, por favor. Y un agua de horchata.
Mientras Elena se dirigía a la cocina, Alejandra observó el lugar. Las paredes estaban adornadas con calendarios y un par de fotos familiares en blanco y negro. En una de ellas, reconoció a una joven Doña Elodia. Este lugar no era un negocio; era un santuario.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...