La rabia de Alejandra era una llama fría y blanca. Sabía que una simple acusación, su palabra contra la de la célebre Natalia Fuentes, sería inútil. Sería desestimada como los celos de una chica resentida. Necesitaba más que la verdad; necesitaba una prueba irrefutable. Y necesitaba a la persona con el derecho de sangre, la autoridad moral para denunciar el robo.
En el fondo de su memoria, removió los recuerdos de las historias de su padre. Él siempre hablaba con cariño de la familia que dejó atrás en el pueblo, especialmente de su hermana y su sobrina.
"Elena", recordó Alejandra el nombre. "La hija de mi hermana. Tiene el mismo fuego en la cocina que tu abuela Elodia. Es la verdadera heredera de su sazón".
Recordaba vagamente que su padre le había mencionado que, tras la muerte de la abuela, Elena se había mudado a la Ciudad de México para buscar una vida mejor, pero con el tiempo y la distancia, habían perdido el contacto.
Encontrar a una mujer llamada Elena en una ciudad de veinte millones de habitantes parecía una tarea imposible. Pero Alejandra no operaba con las herramientas de una chica de su edad. Operaba con la determinación de una mujer que ya había perdido todo una vez.
No usaría los recursos de los Estevez. Esta era su guerra, y la libraría con sus propias armas.
Al día siguiente, salió de la mansión con la excusa de ir a una biblioteca. En su lugar, se dirigió al centro de la ciudad. En una pequeña tienda de electrónica, compró un teléfono de prepago barato y un fajo de tarjetas de tiempo aire, pagando en efectivo. Era su nuevo cuartel general, un dispositivo anónimo e imposible de rastrear.
Desde un banco en un parque ruidoso, comenzó a hacer llamadas. La agenda de su padre, un pequeño cuaderno de cuero que había rescatado de sus cosas, era su mapa del tesoro. Contenía los números de viejos amigos, compadres, proveedores; la red de confianza que formaba la diáspora oaxaqueña en la capital.
La primera llamada fue a un distribuidor de quesillo. El hombre fue amable, pero no sabía nada de Elena. La segunda, a una mujer que vendía tlayudas. Recordaba a la familia, pero no a la chica. Una y otra vez, se encontraba con callejones sin salida.
Pero Alejandra era paciente. Sabía que en su comunidad, la confianza era la clave.
Finalmente, marcó el número de Don Anselmo, el dueño de una pequeña tienda de productos oaxaqueños en las profundidades del bullicioso Mercado de Jamaica. Su padre lo había llamado "el embajador no oficial de Oaxaca en la CDMX".
—¿Bueno? —respondió una voz rasposa al otro lado de la línea.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...