El Festival Sabor a Polanco había transformado un elegante parque en un templo del hedonismo culinario. Carpas blancas se extendían por el césped perfectamente cuidado, cada una albergando a un restaurante de renombre o a una marca de vinos de lujo. El aire estaba cargado con una cacofonía de aromas: cordero a la parrilla, aceite de trufa, chocolate belga y el murmullo excitado de la élite de la Ciudad de México.
En el centro de todo, como un altar, se alzaba un enorme escenario. Estaba equipado con una cocina de acero inoxidable que brillaba bajo las luces profesionales, y flanqueado por pantallas gigantes que proyectaban cada movimiento del chef a la multitud.
Y en ese escenario, en ese preciso momento, estaba Natalia Fuentes.
Era su reino, y ella era la reina indiscutible. Vestida con una filipina de un blanco tan puro que parecía irradiar luz, se movía por la cocina con una coreografía ensayada a la perfección. Cada gesto era elegante, cada sonrisa estaba calculada para seducir. Las cámaras la amaban, y ella lo sabía.
Mientras añadía ingredientes a una gran cazuela de cobre, narraba una historia para la audiencia embelesada.
—Mi Mole Negro Emperatriz no es solo una receta —decía, su voz aterciopelada amplificada por los altavoces—. Es un viaje. Es el resultado de semanas que pasé viajando por los pueblos más remotos de Oaxaca, aprendiendo de las abuelas, absorbiendo su sabiduría ancestral. Ellas me abrieron sus cocinas y sus corazones, y de esa inspiración nació esta creación.
En la primera fila, Ricardo Estevez la observaba, su rostro era una mezcla de orgullo y satisfacción empresarial. Natalia estaba impecable. Era la encarnación del lujo, la sofisticación y el éxito. Estaba limpiando activamente la mancha que el escándalo de Mateo había dejado en el nombre de la familia. Era un activo valioso, actuando exactamente como se esperaba.
La multitud estaba cautivada. Influencers grababan cada palabra con sus teléfonos, críticos gastronómicos tomaban notas febrilmente, y socialités asentían con conocimiento, como si pudieran saborear la "autenticidad" desde sus asientos.
Pero en el fondo de la multitud, lejos de las luces y de los asientos VIP, dos figuras observaban la escena desde una perspectiva muy diferente.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...