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Él Eligió a Otra, Yo Elegí a Su Hermano romance Capítulo 472

—El divorcio es cosa de dos —dijo Sofía, tranquila—. Ese mismo día avisé a mi familia y a mis amigos. A ustedes, el que tenía que avisarles era Diego, pero lo escondió. Este mes no solo calló, también me estuvo buscando y acosando sin parar.

Hizo una pausa corta, antes de volver a hablar alto y claro:

—Para que no haya dudas, voy a dejarlo muy claro delante de todos: desde hace tiempo Diego y yo ya no somos nada. Tampoco voy a arrepentirme ni pienso reconciliarme con él.

Cada palabra era como un relámpago.

Sofía mantuvo la cabeza en alto.

—Durante tres años fui su esposa. Fue mi decisión, un camino que elegí y del que me hago cargo, sin arrepentirme. Pero ese lazo se acabó. Desde hoy, cada quien va a seguir su propio rumbo.

Sus ojos se posaron en la cara tensa de Diego.

Ya no sentía nada.

El amor que sintió se fue deshaciendo cada vez que él le dio la espalda. Por dentro, solo quedaba la paz de quien ya no espera nada.

—Esto pudo resolverse de otra forma —continuó—, pero te negaste, seguiste ignorando mi decisión y metiéndote en mi vida. Por eso, hoy, delante de todos, quiero dejarlo claro para que sepan lo que pasó. Si aún te queda un poco de dignidad, Diego, contrólate; porque divorciados significa divorciados.

Volteó hacia Eduardo.

—Está presente el señor Villareal —dijo, con voz firme—. Diego, hazle una promesa a tu abuelo.

La intención era obvia: él ya no iba a poder seguir persiguiéndola después de que todos supieran la verdad y lo juzgaran.

Hasta ahora, que fuera un secreto le permitía fingir humildad frente a ella, como si todavía tuviera el control.

Pero, frente a toda la familia, quedó al descubierto.

Diego quedó inmóvil.

Desde que Sofía sacó los papeles del divorcio, su mente quedó en blanco.

Miraba el documento como algo detestable, el símbolo de una traición.

Y esas palabras... “divorciados significa divorciados”, le daban vueltas en la cabeza sin parar.

Entonces lo entendió.

Ese era el verdadero motivo por el que Sofía estaba allí.

No fue por afecto, ni por cortesía, ni para reconciliarse.

Fue para liberarse.

Para pasar página frente a todos.

Y lo hizo de la forma más pública y dolorosa posible: en su cara, en el cumpleaños del abuelo, delante de toda la familia.

Era esa misma mirada que tenía cuando su madre lo humillaba, una mezcla de orgullo herido y rabia silenciosa.

Cuanto más furioso se ponía, más se encerraba en sí mismo.

Y eso solo significaba una cosa: ya no había vuelta atrás.

Desde niño, Diego había sido impulsado por la presión, por la exigencia y el deseo de ser el mejor.

Su orgullo era su vida.

Y lo que más odiaba en el mundo era la humillación.

En el salón estaba toda la familia Villareal, pero cada mirada era distinta.

Los primos y tíos que en el pasado habían competido con él por el poder dentro del Grupo Empresarial Villareal apenas disimulaban sus sonrisas de satisfacción.

Era evidente que disfrutaban viendo cómo el heredero perfecto perdía el control.

Sofía había sido despiadada, y él no se lo iba a perdonar jamás.

Aunque algún día ella se arrepintiera, Diego nunca la iba a perdonar.

Eduardo sabía que Sofía y Diego iban a separarse; pensaba que apenas se estaban preparando para el divorcio, pero no imaginó que ya llevaban un mes divorciados.

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