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El éxtasis del dolor: Hasta que tu muerte nos separe. romance Capítulo 250

Joseph corrió hacia la camilla en cuanto la bajaron del helicóptero. No podía esperar más. No podía seguir de pie mientras otros le decían cómo estaba su hijo. Necesitaba verlo. Respirarlo. Tocar la certeza con sus propias manos.

Harper se apartó al verlo acercarse, dándole paso sin oponerse. También ella necesitaba espacio. Reunir los pedazos que aún no se acomodaban dentro de sí.

Alguien, no supo quién, le había colocado un abrigo sobre los hombros. Cubría su cuerpo mojado y tembloroso, y fue por eso que nadie reparó en su estado. Por primera vez, eso le pareció irrelevante. Ya no estaba allí para ser vista, ni para mantenerse firme.

Solo quería que él siguiera vivo.

Desde donde estaba, observó a Joseph caminar al costado de la camilla con su silueta rígida. Mateo giró apenas el rostro y le dijo algo, fue breve, pero lo suficiente para que su padre negara con la cabeza… y luego, finalmente, bajara los hombros, relajando el gesto.

Era su manera de decirle que confiaba en él.

Y en ese pequeño intercambio silencioso, Harper sintió que la tormenta había cedido un poco.

Aunque las heridas dijeran otra cosa. Aunque el caos aún respirara en las paredes del hospital.

Aunque nada, aún, estuviera terminado.

—Debemos llevarlo al quirófano —dijo uno de los médicos con urgencia—. Aún tiene dos balas en el cuerpo. Necesitaremos su autorización para algunos procedimientos.

Harper lo miró sin pestañear, como si no entendiera al principio lo que le estaban pidiendo. Pero sí lo entendía. Lo entendía demasiado bien. En ese momento, no se le hablaba a la esposa. Se le hablaba a la mujer del consejo. A la que debía tener la cabeza fría. A la que tenía que tomar decisiones.

—Me haré cargo —intervino Anthony al ver su estado.

—No —dijo ella. Y esta vez, su voz fue más firme. Más clara. Más ella.

Anthony se giró para verla, pero Harper no lo miró. Tenía los ojos puestos en el médico, en la camilla, en el hombre que amaba.

—Yo puedo hacerlo —repitió—. Puedo con esto.

Caminó tras el médico con paso recto, aunque sus rodillas amenazaran con doblarse. No era fácil. No lo era. Pero se recordó a sí misma lo que ya había sido una mujer acorralada, perseguida y también engañada. Y también lo que ahora era, alguien que sabía resistir a todo lo que se pusiera frente a ella.

—Lleva eso a que lo analicen—, aclaró su voz, mientras vio a Beagle sostener la bolsa oscura donde estaba la extremidad—. Que hagan todos los estudios que sean necesarios para identificar a quién le pertenece. Necesito tener la seguridad de que se trata de él.

Aún el pecho le dolía, no podía quedarse solo a observar. Su cabeza funcionaba aún en la penumbra y debía recordarse eso.

—Y atiende esa herida—, señaló la sangre que resaltaba en su camisa.

—Señora—, se retiró enseguida. No necesitaba más comentarios, ella sabía mantenerse de pie y Marek no la dejaría sola.

Escuchó a Joseph tomar la llamada de Keyla y con solo sus respuestas supo lo alterada que de seguro estaba. No era para menos, era su hijo quien estaba en ese hospital.

Vio a Cristóbal ser llevado en una camilla, con Anthony siguiéndolo, para luego observar a Winifred en una silla, en donde le habían colocado una mascarilla de oxígeno. Sus ojos se encontraron en el camino, y aunque, en otras ocasiones hubiese corrido a ella, en ese momento no hizo más que seguir al médico que le ofreció su oficina para darle una silla.

Harper firmó los papeles sin hacer preguntas. El bolígrafo le temblaba entre los dedos, pero sostuvo la mano firme. No era momento de desfallecer, ni soltar lágrimas que no le darían alivio como otros decían. Lo suyo era algo más. Por ello no podía dejarse caer. No con tantas miradas esperando a que lo hiciera.

Alzó la barbilla, como si pudiera cambiar algo con ello. Sabía que no, pero ansiaba poder dejar de sentir ese peso tan horrendo sobre sus hombros.

Se quitó el abrigo, casi por instinto, mientras giraba la argolla en su dedo. Los ojos aún le ardían y recordó que las únicas veces en las que sintió esa vulnerabilidad fue con él. Y estuvo a punto de perderlo.

Mateo.

Ese hombre que había odiado. Que había temido. Que había herido.

Y que, sin embargo, nunca le mintió.

Jamás disfrazó lo que era, ni se escondió tras palabras suaves.

No como todos en algún momento.

—Debemos atender ese corte—, el médico le señaló el brazo donde había olvidado que existía una herida—. Noté que su pie también presenta inflamación. Probablemente se torció el tobillo.

Harper bajó la vista, sin contestar de inmediato. Había olvidado la caída. Había olvidado que sangraba. Que respiraba. Que dolía.

—Algo así —dijo, con esa calma que sonaba tan ajena.

El médico asintió despacio, ya había tratado a personas que necesitan un segundo más para no derrumbarse y por ello solo asignó a una enfermera.

—En cuánto el señor Crown salga de cirugía le informaremos.

Él debía estar bien. No pasaría nada más. No tendría que sentir que lo podría perder de nuevo.

La pelirroja soltó el aire por la nariz y estiró el brazo cuando la enfermera le indicó sentarse en una camilla de la sala en dónde entró. Dejó que limpiara la sangre seca, que aplicara el desinfectante, aunque le escogiera, no hubo ni un gesto, ni un quejido. Como si no hubiera nervios bajo la piel. Como si el dolor fuera ya una vieja costumbre.

Y es que tenía más fuerza el que le quemaba la garganta.

—¿Quiere que le avise a alguien?

Harper miró a la mujer. Con ese mismo rostro inquebrantable con el que había firmado los papeles, pero ahora con un gesto distinto al llegar en automático a quién siempre recurría en esos casos.

Su nana.

Ese nombre no podía pronunciarse sin que se le quebrara algo. Así que no lo dijo. Solo negó con la cabeza, dejando que ella continuara con el trabajo.

Capítulo 250. 1

Capítulo 250. 2

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