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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 179

Fabio no dijo nada, pero la rodeó con sus brazos.

Parecía un gesto para calmarla.

Sin embargo, sus palabras siguieron sonando a una orden: —Regresa conmigo, hazme caso.

Había un tono que no admitía réplica.

Giselle levantó la mirada hacia él, con los ojos llenos de lágrimas.

Se puso de puntillas, intentando besarlo.

En el pasado, Fabio se lo habría permitido sin dudarlo.

Pero esta vez, él giró el rostro para esquivarla.

No era un simple rechazo; era un castigo.

Normalmente, Giselle habría cedido de inmediato por miedo a que él se enfureciera de verdad.

Pero esta vez, se mostró inusualmente decidida.

Al ser rechazada, suspiró en silencio.

Su postura, sin embargo, no cambió en lo absoluto: —Fabio, me voy a ir.

El semblante de Fabio se endureció: —Gigi, te lo digo por última vez. Regresa conmigo. ¡No me pongas a prueba!

Giselle solo negó con la cabeza, sin la menor intención de ceder.

—¿Estás empeñada en irte? —preguntó Fabio, con el rostro helado.

Giselle asintió.

—Yo me encargaré de todo lo que te preocupa —ofreció Fabio, cediendo un poco.

Pero ella siguió firme.

—Si insistes en irte ahora, no esperes que vaya a buscarte. Jamás lo haré —sentenció él con absoluta frialdad.

El rostro de Giselle mostró una profunda conmoción, como si acabara de recibir un golpe devastador.

Aun así, no dio un paso atrás.

Ante esa terquedad, la última pizca de paciencia de Fabio se esfumó: —¡Haz lo que quieras!

La asistente hablaba casi al borde de las lágrimas: —Intentamos convencerla, pero no quiso escuchar, ni siquiera me dejó acompañarla. Teníamos miedo de que algo le pasara, por eso lo esperé aquí.

Fabio frunció el ceño, su expresión volviéndose aún más sombría.

Abrió el informe médico con rapidez.

Era del Hospital General de Massachusetts y detallaba un problema cardíaco de Giselle.

Fabio siempre había estado al tanto de eso.

Era el trauma psicológico y físico que le quedó después de haber sido secuestrada por culpa suya hace años.

No era crítico, ni suponía un gran riesgo para el embarazo.

Aun así, revisó el documento hasta la última página. No había mucha diferencia con lo que él ya sabía.

Levantó la vista y miró a la asistente con frialdad: —¿Fue idea suya mandarte a decirme esto?

—¡No! ¡Por supuesto que no! —La asistente negó con la cabeza frenéticamente.

Fabio no dio señales de creerle o dudarlo.

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