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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 198

Al fin y al cabo, ¿cuántas veces en la vida se pueden regalar siete años?

Perdida en esos pensamientos, Vanesa se sumió en un silencio denso.

Sin esquivar la mirada de Fabio, sostuvo sus ojos fijamente.

Él esbozó una sonrisa casi imperceptible y, finalmente, soltó su brazo.

De inmediato, Vanesa retrocedió un paso, poniendo distancia.

A él no pareció molestarle.

Incluso le sirvió un vaso de agua por iniciativa propia.

—Toma. Enjuágate la boca —le ofreció.

Ese repentino destello de consideración desconcertó por completo a Vanesa.

Pero no aceptó el vaso que le extendía.

—No hace falta. Puedo arreglármelas sola —rechazó con frialdad.

Sus ojos seguían clavados en él, buscando sus verdaderas intenciones.

—Dime, Fabio, ¿qué nueva forma de torturarme se te ha ocurrido esta vez?

Quien se ha quemado con leche, ve la vaca y llora.

En el pasado, habría dado cualquier cosa por recibir un trato así de su parte.

Pero ahora, su aparente ternura le parecía un pozo sin fondo, capaz de tragarla entera si daba un paso en falso.

Estaba aterrada.

Fabio se quedó mirando el vaso de agua intacto en su mano.

Debido al gesto de rechazo de Vanesa, unas gotas se habían derramado.

Sus ojos se ensombrecieron, pero para sorpresa de ambos, no estalló de furia.

Tampoco insistió. Simplemente dejó el vaso a un lado.

Vanesa comenzó a arreglarse por su cuenta.

Compartían el mismo espacio, pero parecían dos líneas paralelas destinadas a no cruzarse jamás.

Terminó de asearse sin que la tensión que oprimía su pecho disminuyera ni un poco.

Y tras unos instantes de silencio, fue él quien volvió a hablar:

—¿Por qué sigues vomitando? ¿No se suponía que las náuseas desaparecían después del tercer mes? ¿Te sientes mal?

Eran palabras que sonaban a preocupación.

El sonido del agua cesó. La puerta del baño se abrió y los pasos de Fabio se acercaron a la cama.

Esa sensación de pánico y opresión en el pecho volvió a golpearla con fuerza.

Estaba tan tiesa que le resultaba imposible relajarse.

A Fabio pareció no importarle. Tras prepararse, se deslizó entre las sábanas sin decir una sola palabra.

En el cuarto solo brillaba la tenue luz de una lámpara de noche, que Vanesa dejaba encendida para sus idas al baño.

Durante todo el tiempo, ella le dio la espalda, sin moverse ni un centímetro.

Él no la forzó a nada. En la semioscuridad, sus ojos se clavaron en la silueta de su esposa.

Se veía tan frágil, tan menuda.

Para tener seis meses de embarazo, su cintura seguía siendo estrecha y las curvas de su espalda eran perfectamente visibles.

Encogida sobre sí misma, su miedo y ansiedad eran más que evidentes.

Fabio recordó el error que había cometido al acusarla injustamente.

Y esa punzada de lástima y remordimiento, que había intentado enterrar, regresó con fuerza.

Guiado por un impulso que no logró controlar, alargó los brazos y, de la forma más natural del mundo, la atrajo hacia su pecho.

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