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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 255

Cada vez que Julián aparecía, se encargaba de hacer trizas su dignidad.

Giselle había intentado ganarse su simpatía en varias ocasiones, pues la posición y el poder de la familia de Julián eran innegables.

Pero él jamás le había concedido ni la más mínima cortesía.

Durante mucho tiempo, ella se había preguntado qué le habría hecho para ganar su animosidad.

Pero hoy, con todo lo que había ocurrido, la realidad le pegó de frente: Julián seguramente hacía todo eso por Vanesa.

Ese pensamiento hizo que la amargura de la derrota la asfixiara aún más.

Pero Giselle no se atrevía a tomar ninguna represalia contra Julián.

—Señorita Rivas, como dice el dicho: tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe, ¿no cree? —Las palabras de Julián flotaron en el aire, a medio camino entre una advertencia amistosa y una amenaza directa.

Sin esperar respuesta, Julián dio media vuelta y se marchó, seguido de cerca por sus escoltas.

El poco color que le quedaba en el rostro a Giselle se desvaneció por completo.

—¡Giselle! —exclamó Bruno, alarmado por su estado.

De inmediato, la tomó en brazos y la sacó de allí a toda prisa.

Mientras tanto, Vanesa y Fabio ya estaban acomodados en la parte trasera del auto.

En el mismo instante en que la puerta se cerró, Fabio soltó a Vanesa y clavó la mirada en la ventanilla, perdiéndose en el exterior.

Vanesa, notando el gesto, permaneció imperturbable.

Evidentemente, Fabio también había captado su tranquilidad.

—¿No vas a ir? Esta vez, su malestar no parece fingido —dijo Vanesa con una voz desprovista de cualquier emoción.

La mirada de Fabio recayó pesadamente sobre Vanesa, pero no dijo ni una sola palabra al respecto.

—Fabio, ¿alguna vez te han dicho que eres una persona verdaderamente cruel? —lanzó Vanesa sin apartar la mirada ni intentar suavizar el golpe.

Siempre había creído que Fabio solo era despiadado con ella.

Que, tratándose de Giselle, siempre tenía una reserva inagotable de indulgencia y compasión.

Pero de repente, tuvo una epifanía: a la persona que Fabio más amaba en el mundo era a sí mismo.

Podía querer a Giselle, incluso amarla a su manera, pero bajo ninguna circunstancia le permitiría desafiar su autoridad o intentar manipularlo constantemente.

Al comprenderlo, Vanesa bajó la mirada y dejó escapar una risita casi inaudible.

En comparación con Giselle, su situación era la de una verdadera desgraciada.

Probablemente, desde el mismo día en que firmaron el acta de matrimonio, él ya la había sentenciado a vivir en un infierno.

Y no le había dejado ninguna oportunidad de salvación.

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